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Hoy en día, capturar un momento toma menos de un segundo con cualquier teléfono celular. Sin embargo, en los inicios de la historia de la fotografía, retratar algo o a alguien era un proceso carísimo y sumamente peligroso.
A mediados del siglo XIX, el nacimiento del daguerrotipo revolucionó al mundo al convertirse en el primer procedimiento fotográfico de aplicación práctica, pero detrás de estas fotografías en tono sepia se escondía un método que rozaba la tortura física para quienes modelaban en la imagen y también para la persona detrás de la lente.
Hacerse un retrato a mediados de 1800 no era una experiencia placentera, y es que, a diferencia de las cámaras modernas, los primeros daguerrotipos requerían tiempos de exposición extremadamente largos debido a la baja sensibilidad a la luz de los materiales químicos utilizados.
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En los días más nublados, las personas debían permanecer completamente inmóviles entre 10 y 15 minutos bajo el sol directo para que su silueta pudiera quedar plasmada en la placa de cobre.
Los siniestros apoyacabezas
Para evitar que los retratados se movieran y la imagen saliera completamente borrosa, los estudios fotográficos de la época utilizaban unos siniestros aparatos ocultos llamados “apoyacabezas” o posacabezas. Estos mecanismos de hierro sujetaban firmemente la nuca y la cintura de las personas por la espalda. Soportar esta presión, sumada a la orden de no parpadear ni cambiar de postura, provocaba que los rostros en las fotos lucieran siempre rígidos, serios y con miradas profundamente perdidas que hoy hasta nos resultan escalofriantes.

El proceso, desarrollado por el francés Louis Daguerre en 1839, consistía en una placa de cobre plateado que se volvía sensible a la luz utilizando vapores de yodo. Pero el verdadero peligro de la fotografía vintage comenzaba en el cuarto oscuro. Así es, después de casi torturar al modelo, ahora le tocaba al creador de la foto ser sometido a una pesada tarea.
El veneno oculto detrás de las fotografías antiguas
Y es que, para revelar la imagen latente, la placa debía ser expuesta a vapores de mercurio calentado; los fotógrafos de aquella época pasaban jornadas enteras respirando estos gases altamente venenosos en habitaciones completamente cerradas y sin ventilación.
Con el paso de los años, el envenenamiento por mercurio, conocido como hidrargirismo, causaba estragos devastadores en los fotógrafos, que incluían temblores incontrolables, severos cambios de humor, pérdida de dientes, ceguera y, en los casos más graves, demencia o la muerte.
Además de los riesgos físicos, el daguerrotipo era un artículo de lujo exclusivo para la aristocracia y la alta burguesía, pues el costo de una sola placa, sumado a los honorarios del fotógrafo y los acabados en estuches de cuero o terciopelo, equivalía al salario de varios meses de un obrero promedio.
Tener un retrato familiar no era un pasatiempo, sino el máximo símbolo de estatus social y poder económico.
Aunque este peligroso e ingenioso invento fue sustituido años más tarde por métodos más rápidos, económicos y seguros, el daguerrotipo permanece en la memoria como el caótico inicio de lo que hoy disfrutamos en la era digital.








