Mayra lleva diez años en prisión. por el delito de extorsión. La cantidad por la que supuestamente cometió el delito es casi simbólica: 1 mil 990 pesos. Lo que muchos gastan en una ida al supermercado, a ella le costó una vida entera entre rejas.

Antes de pisar la cárcel,, de esas que muchas mujeres en este país conocen bien. Era ama de casa y también trabajaba poniendo uñas. Se levantaba temprano, llevaba a sus hijas a la escuela, abría su pequeño local, atendía clientas y regresaba a casa por la tarde para estar con su familia. No tenía lujos, pero sí una vida sencilla, dedicada a sacar adelante a los suyos. Hasta que un día, su vida cambió de golpe.

La detuvieron en un autolavado. Sin previo aviso, sin una investigación clara, sin pruebas contundentes. Una supuesta relación con una persona acusada de extorsión. La víctima dijo que ella fue quien recibió el dinero. Mayra no está segura de si su “causa” (como se le llama a la pareja sentimental en contextos carcelarios) lo hizo, pero lo que sí sabe es que ella no tocó ese dinero, y no hay ninguna prueba que diga lo contrario. No hay huellas, no hay llamadas, no hay mensajes. Pero eso no fue suficiente para librarla del proceso.

Lee también:

Durante el juicio, la única prueba fue el “dicho” de la víctima. Eso bastó para vincularla y sentenciarla a 40 años. Además, las autoridades intentaron relacionarla con el Cártel Jalisco Nueva Generación, una acusación sin fundamento, pero útil para justificar un castigo más duro. En ese contexto, fue golpeada, subida a una camioneta, incomunicada y criminalizada.

“¿Por qué yo?”, le preguntaron alguna vez. “No lo sé”, responde ella. Y en esa frase se encierra la realidad de muchas mujeres encarceladas en México: estar en el lugar incorrecto, con la persona equivocada, puede costarte la vida. Mayra no se victimiza, pero sí reconoce que su vida se vino abajo sin tener claro el porqué.

En prisión ha tratado de encontrar algo de sentido. Ha trabajado en la tienda del penal, hace manualidades, teje, y se ha refugiado en la religión de la santería. Cree que sus santos la están castigando, pero aun así se mantiene fiel. Porta con orgullo una pulsera de su fe, no come semillas y ha pasado por los rituales de iniciación que su religión le exige.

Mayra también reflexiona sobre su pasado. Dice que no fue una mala hija, pero sí fue grosera con su madre. Nunca tuvieron una relación cercana. Se crió con sus abuelos paternos, y eso marcó una distancia emocional desde pequeña. Pero como madre, siente que hizo las cosas bien. Sus hijos la visitan, mantienen contacto y hoy ya es abuela. Su hija mayor tiene 27 años. Gracias a un programa del centro, Mayra pudo conocer a sus nietos por primera vez. Fue un momento profundamente emotivo. En medio del encierro, ese encuentro fue como una bocanada de aire fresco.

Su historia cuestiona el sistema de justicia mexicano. ¿De verdad es proporcional castigar con 40 años de cárcel un caso de extorsión por menos de 2 mil pesos? ¿Es justo que una mujer con pruebas endebles en su contra, sin antecedentes, sin vínculos criminales comprobados, esté cumpliendo una pena igual a la de quienes cometieron homicidios o secuestros?

Mayra no niega que haya tenido errores. Pero el castigo que enfrenta no parece justicia, sino una condena dictada desde la desigualdad, desde la desconfianza hacia mujeres pobres, desde una necesidad del sistema de encerrar sin mirar demasiado. Su caso no solo duele por lo que representa individualmente, sino por lo que refleja a nivel colectivo.

Hoy, con más de una década encerrada, Mayra solo espera que la justicia alguna vez se fije en los detalles. Que alguien vea que hay historias que merecen revisarse con humanidad, sin prejuicios y con sentido común.

Google News

TEMAS RELACIONADOS