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Cada Día de Muertos, las ofrendas dedicadas a nuestros familiares representan lo más importante de la festividad. Las decoramos con sus fotos, cempasúchil, símbolos religiosos, velas, alguna cosa que les recuerde a ellos como ropa, joyas, juguetes o libros, pero lo más señalado es la comida que ellos más disfrutaban.
Por lo general, a nuestros seres difuntos se les prepara un platillo elaborado que eran sus favoritos cuando aún seguían con vida; además, se les colocan otros alimentos como pan de muerto, frutas, bebidas y dulces. Todo puesto con cariño, para recibirlos en su día, recordándoles que jamás nos hemos olvidado de ellos.
Desde que se acerca la fecha del Día de Muertos, se compra la comida que se pone en la ofrenda. Pero se les pide a los habitantes del hogar evitar tomar los alimentos que se pondrán; esto se debe a que comerse la comida de la ofrenda en esos días del 1 y 2 de noviembre es una falta de respeto a los ancestros, aunque tras pasar esos días mucha gente no sabe qué hacer con los alimentos tras quitar la ofrenda.
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¿Qué hacer con la comida luego de quitar la ofrenda?
La decisión de las familias de qué hacer con la comida de la ofrenda es cuestión que varía según las tradiciones. Comúnmente, el 3 de noviembre la ofrenda es retirada junto con los adornos que la acompañan, pero existe la duda de qué hacer con la comida que le pusimos a nuestros difuntos.
Uno creería que se puede comer cada alimento y repartirlo entre la familia, lo cual no es malo. El problema es que se tiene que checar el estado de cada alimento; las frutas, por lo general, se pueden consumir sin problema, pero revisarlas daría seguridad de que todo está bien. Pasa lo mismo con los dulces y bebidas que están protegidos.
En el caso del pan de muerto, se tiene que checar bien su estado; el estar expuestos provoca que le caiga polvo y, si se encuentran en un ambiente húmedo, da como resultado el moho y por eso ya no se debe comer; puede causar problemas de salud.
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Los alimentos preparados como caldos, arroz y mole no se deben consumir; el estar expuestos a temperatura ambiente sin refrigerar los echa a perder.








