PREGUNTA

Mi vecino argentino y yo nos pasamos todo el Mundial gritándonos los goles de balcón a balcón. Compartíamos botana y discutíamos alineaciones al atardecer, con la ropa tendida de fondo y la intimidad en la cama se hizo presente. Fuimos novios futboleros, fue divertido hasta que Argentina perdió la final. Desde entonces no abre la ventana, no contesta el saludo, cambió hasta el horario de sacar la basura para no cruzarse conmigo. No puedo creer hasta donde le afectó esto. Yo no pienso guardarle luto a una copa que ni era mía. ¿Lo busco o dejo que se le pase el berrinche?

RESPUESTA

Hay derrotas que piden silencio antes que compañía. Un café resuelve muchas cosas; una burla a destiempo las echa a perder todas. Ya volverá a abrir la ventana, veamos si extraña más tus encantos que la revancha. Los vecinos cambian de humor, aunque algunos tardan en superar una final.

PREGUNTA

Durante un mes el mundo parecía un lugar distinto. En el desayuno hablábamos de goles; en la oficina, de pronósticos; en la noche, de jugadas increíbles. Hasta las discusiones se resolvían con una apuesta. Terminó el Mundial y otra vez las noticias son violencia, desapariciones, extorsiones y yo de vuelta con esa taquicardia que me hace apagar la tele, tomar unas gotitas de ansiolítico y rezar el Ave María y el Padre Nuestro varias veces al día. ¿Somos tan idiotas para dejarnos anestesiar por partidos de fut en lugar de en serio cambiar esta locura y construir el mundo en el que nos gustaría despertar todos los días?

RESPUESTA

El futbol no cambia la realidad; cambia nuestra manera de mirarla por un instante. Nos recuerda que millones de personas también pueden reunirse para celebrar, abrazarse y emocionarse sin hacerse daño. Si eso puede ocurrir en un estadio, quizá también pueda ocurrir fuera de él. La paz no empieza en los gobiernos; empieza en nuestras casas, cuando dejamos de acostumbrarnos a la violencia.

PREGUNTA

Vivo apagando incendios. Por eso no se me para. Si no es el coche, es la gotera; si no es la salud, es la política; si no es el tráfico, es el pánico del mañana y de que mis erecciones siguen guangas porque mi cabeza y mis miedos se entrelazan y no ayudan. Me descubro viendo la vida pasar escondido y es que yo quisiera vivir más despacio, tomar una copa de vino, una chelita fría antes de la cena y, por qué no, recorrer el cuerpo de mi mujer despacito antes de levantarme a trabajar. Así era la vida antes. Ahora todo es correr. ¿Será mucho pedir que la felicidad deje de depender de que todo salga bien?

RESPUESTA

Tal vez la felicidad no llega cuando desaparecen los problemas, sino cuando dejamos de posponerla hasta que desaparezcan. Las tormentas pasan. Lo que no vuelve es el día que desperdiciamos esperando un futuro perfecto para empezar a vivir o la historia magnifica de paz. En tu casa puedes poner otra energía, si quieres intimidad, genera tú una tarde de calma y crea el ambiente necesario para que se de esa calma.

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