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PREGUNTA
Después del triunfo de México mi esposo salió a tocar el claxon, abrazó desconocidos y hasta lloró viendo los comentarios deportivos. Yo lo veía tan entregado que sentí ternura…y luego muchísimo coraje. Cuando murió mi mamá apenas me abrazó cinco minutos. ¿Debo enfrentarlo?
RESPUESTA
Hay emociones que a muchos hombres les enseñaron a vivir solo en territorios “permitidos”. El deporte, el alcohol, la fiesta, el estadio. Ahí sí pueden llorar, brincar, abrazarse, romperse un poquito sin que nadie cuestione su masculinidad. Pero frente al dolor real muchas veces se quedan mudos, torpes, encerrados en sí mismos. No significa que no amen. Significa que crecieron emocionalmente desnutridos. Si bien un partido logra abrirles el alma más fácil que la tristeza de la mujer que tienen enfrente. Lo que tú extrañas no es atención: es profundidad.
PREGUNTA
Mi novio pone el Mundial en la tele y al mismo tiempo ve películas pornográficas en el celular. Dice que así “se entretiene más”. Yo no sé si reírme, llorar. Lo más triste no es lo que ve…es que ya no parece darse cuenta de que yo estoy ahí. ¿Los hombres se vuelven idiotas con tanta pantalla o es solamente él?
RESPUESTA
Hay quienes que ya no saben estar en silencio ni convivir con una sola emoción a la vez: necesitan goles, ruido, cerveza, cuerpos y pantallas como si el cerebro fuera una feria. Y mientras ellos sienten que “se están relajando”, uno termina preguntándose en qué momento el romance perdió contra el control remoto y el internet.
PREGUNTA
México le ganó 1-0 a Corea y mi marido parecía poseído por la felicidad. Gritó, abrazó a los vecinos, se tomó fotos con la playera y caminaba por la casa con una sonrisa como si él mismo hubiera metido los goles. Me miraba con un amor profundo. Su felicidad se sentía y yo pensaba: ¿de verdad un partido puede volver idiota a un hombre adulto? ¿Por qué siente más por once jugadores que por su propia familia?
RESPUESTA
Tal vez no idiota…pero sí profundamente niño. El fútbol tiene algo primitivo y conmovedor: les devuelve a muchos hombres la capacidad de emocionarse sin vergüenza alguna. Por un rato dejan de pensar en deudas, jefes, enfermedades, responsabilidades y sienten que pertenecen a algo más grande que ellos. El problema no es la alegría. El problema empieza cuando un gol logra sacar emociones que nunca aparecen en la vida cotidiana. No lo tomes personal. Disfruta su alegría con él.
PREGUNTA
Sé que debería emocionarme por el Mundial, pero no puedo. Veo a la gente celebrando mientras el país se cae a pedazos, las familias tenemos miedo, los jóvenes no encuentran futuro y los políticos sonríen como si todo estuviera bien. Me da tristeza ver tanta pasión por 90 minutos y tan poca por lo que vivimos diario. ¿Estoy mal por no sentir orgullo?
RESPUESTA
Hay personas que no logran festejar cuando sienten que alrededor todo duele. El fútbol es alegría, comunidad y descanso, pero también puede convertirse en una cortina para no mirar de frente el cansancio de un país entero. Lo que lastima no es la fiesta, sino la sensación de que nos distraen para no exigir, para no pensar, para no sentir impotencia. Muchos aficionados viven el Mundial como esperanza; otros lo viven como evasión. Es triste gritar goles con más fuerza de la que usa para defender nuestra propia dignidad.
PREGUNTA
Quiero ir a los tacos a ver los partidos. Me emociona la gente, el ambiente, cantar el himno, sentir esa energía. Pero mi marido dice que no tenemos nada que hacer entre tanta gente tomando cerveza y gritando. Él quiere ver los juegos encerrado en la sala y que yo le lleve botanas. Me enoja mucho que le molesta verme disfrutar. Tengo derecho a divertirme , ¿no crees?
RESPUESTA
Hay hombres que siguen creyendo que la libertad femenina solo es cómoda cuando gira alrededor de ellos. Les desconcierta descubrir que una mujer también puede tener pasiones propias, entusiasmo propio, lugares donde se siente viva sin pedir permiso. El problema no es el estadio. El problema es el miedo de algunos hombres a dejar de sentirse el centro del mundo de su pareja. El cariño sano no vigila. El cariño sano acompaña, confía y deja espacio para que ambos sigan siendo personas completas
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