Más Información
Cuando veo al fotógrafo con su lente, apuntando a mi cuerpo, pienso que esas imágenes llegarán a imprenta y a miles de ojos. Eso me excita.
Quizá alguien inspirado se encierre en privado, se ponga duro y se la jale mirando esa imagen. En cada clic de la cámara, imagino un orgasmo salpicado en las páginas de un diario, frente a la pantalla de una computadora o ¿por qué no? atrayendo a alguien a llamarme y pasar de la imaginación a los hechos. De la foto a la cama, al sexo, besos y orgasmos.
Sí que me pone cachonda pensar que me vean. Estoy escribiendo este texto casi desnuda. Con los pechos al aire y apenas una tanga de hilo brasileño. ¿De qué otra manera se puede estar en casa durante estos días con calor infernal?
Escribo y me toco. Imagino tus ojos mirándome. Tu mano empuñando el miembro endurecido, sacudiéndolo con furia, inspirado por mis palabras y mis curvas.
¿Cómo no voy a ser exhibicionista? Esa fantasía de revolcarme frente a un público de mirones lujuriosos siempre me funciona cuando busco un vibrador, cuando con mis dedos quiero darme placer o, a veces, en la cama, cuando estoy con un cliente y pienso en lo bien que debe verse la forma en que me está cogiendo.
Entonces, recuerdo las orgías. Cuando en verdad cogía frente a mucha gente y, sin falla, llega mi orgasmo. Ni hablar. Cosas de exhibicionistas.
Hasta el martes, Lulú Petite.







