José Miguel se convirtió en chofer de aplicación después de la pandemia, puesto que la empresa donde laboraba quebró y ni siquiera alcanzó una liquidación decente.
“Yo era chofer de reparto, así que decidí embarcarme con un carrito de aplicación. La verdad, no me puedo quejar porque me va mejor. Eso sí, trabajo 12 horas: de cinco de la mañana a cinco de la tarde. Y aunque son 12 horas, solo lo hago de lunes a viernes. Trabajo duro cinco días, pero tengo dos días completos para estar con la familia. En mi coche platico con las personas y aprendo mucho.
En enero de 2025, acepté un viaje largo. Me llamaron para recoger a dos personas en Polanco. Eran dos jóvenes bien vestidos; se notaba que acababan de echarse unas copitas, no borrachos, pero sí entonados. Luego de confirmar su viaje y darles la bienvenida, intenté entablar charla, pero no me respondieron y me quedé callado. A los pocos minutos, miré por el retrovisor y, ¡oh, sorpresa!, se iban dando unos besotes…
La verdad me puse nervioso porque, aunque respeto, nunca lo había visto y escuchado tan cerca. Así que discretamente le pisé un poco más al acelerador y llegamos antes de lo que señalaba el celular. Ellos se bajaron y el más grande me dio las gracias por el buen servicio. La verdad me sentí muy raro, pero entiendo que así es la vida y se debe respetar”.
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