A veces, querer ser solidario con los demás puede convertirse en un arma de dos filos: o todo sale bien… o todo sale mal. Esta es la historia de nuestro amigo Armando R.
“Le cuento que, hace como un año, iba circulando por la avenida Hidalgo; casi al llegar a Insurgentes, vi que a un compañero lo estaban asaltando, o al menos esa fue la impresión que me dio a primera vista. Solidarios como somos los taxistas, me paré para tirarle esquina y hasta grité: ‘¡pinches montoneros!’. Las tres personas se voltearon y uno de ellos me preguntó: ‘¿le vas a brincar por él?’. ‘ A huevo’, fue mi respuesta. En ese momento se me fueron encima, me tiraron al piso y me empezaron a patear. Esa acción le sirvió a mi ‘colega’ para subirse a su taxi y huir del lugar, dejándome ahí tirado. Yo pedí paz y, curiosamente, me la dieron.
“Esto te pasa por metiche, cabrón. Ese güey nos estaba cobrando de más y hasta nos dio con un bastón de coche; por eso le pegamos… y mira, te abandonó’, me gritó uno de ellos, todavía molesto.
“Y la verdad es que tenía razón. El compa me dejó a mi suerte. Yo sólo les ofrecí disculpas; ellos hicieron lo mismo y hasta me ayudaron a sacudirme la ropa. Después, me subí a mi taxi y me fui del lugar, enojado, adolorido y con una promesa muy clara: no volver a meterme a defender a nadie del gremio.”
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