Andrea Bocelli confirmó en la Plaza de la Constitución que lo popular no está peleado con lo culto. Su concierto sacudió a quienes estuvieron ahí y también a quienes lo siguieron desde casa. Pero si hubo emoción con quienes fueron a verlo en vivo, fue todavía mayor para quienes lo siguieron en las pantallas.
Ahí, Bocelli y toda la producción de ese evento nos recordaron que lo visto en VIX y en Las Estrellas, cuando se hace con oficio y sensibilidad, no sólo transmite un espectáculo, se derraman emociones.
La transmisión fue impecable y la producción de Eduardo y Carlos Murguía mostró un despliegue de tecnología y le dio una vista a nuestro Zócalo como nadie, mientras la conducción de Danielle de Iturbide y Fernando de la Mora le dieron contexto y ritmo a una noche que merecía contarse con altura.
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Bocelli nos recordó que la llamada música culta también puede convocar y, por eso, estas transmisiones importan, pues le devuelven a la pantalla su capacidad de reunir y emocionar.
Esta semana también se presentaron en CDMX ‘Ecos’ con Soda Stereo, un concierto que demostró que la nostalgia también puede hacerse con inteligencia. La tecnología para traer de vuelta la presencia de Gustavo Cerati no se sintió como truco barato, sino como parte de un montaje que honra a una banda que sigue viva. Charly Alberti y Zeta Bosio están dispuestos a hacer trascender su legado.
Otro que también se presentó fue Ricardo O’Farrill, en el Auditorio Nacional, quien ratificó que el stand up nace de la propia herida y de la capacidad de convertir el derrumbe en humor. Lo que hizo O’Farrill no se le puede regatear: hubo estructura y oficio, su ejecución fue tan sólida que logró mover al público.
Pero lo que no estuvo a la altura fue todo lo que lo rodeó.
Porque una cosa es apostar por la sobriedad y otra muy distinta, presentar un espectáculo ‘chiquito’.
Ahí fue donde apareció el verdadero tropiezo: en la producción mediocre y en unos teloneros que resultaron un desastre, como Isabel Fernández, que no entendió la dimensión del reto que tenía, tuvo que entrar Slobotzky para salvar la noche.
El Auditorio Nacional no es una terraza para improvisados, es un escenario mayor. Y si algo quedó claro esa noche es que Ricardo sí tenía con qué sostener su regreso, peeero le faltó una producción a la altura del lugar.
Porque el público pagó en esta ocasión para reconocerlo como humorista y, de paso, abrazar su valentía de renacer, se conmovieron con su herida y sufrieron con él; pero cuando le toque pagar de nuevo un boleto, no regresará por compasión, lo hará por un espectáculo de calidad y risas ilimitadas y de eso, aún dista mucho. Nos leemos la próxima, aquí donde quizá hablemos de ti.