Antes de que las impresoras multifuncionales dominaran las oficinas y escuelas, imprimir un archivo no era tan sencillo como presionar un botón y es que reproducir imágenes o documentos era casi alquimia.
Antes no había cartuchos de tinta y mucho menos de láser; la magia de la duplicación en masa era todo un arte que dependía de una bestia metálica de rodillo, mejor conocida como mimeógrafo.
Para quienes aún les tocó escribir la historia del siglo XX, el mimeógrafo no solo evoca el recuerdo de un aparato ruidoso, sino también el recuerdo de un aroma a alcohol y solvente de una hoja recién salida de la máquina, que por alguna extraña razón no parecía desagradarle a la gente.
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¿Cómo funcionaba el mimeógrafo?
Ideado a finales del siglo XIX y perfeccionado a lo largo de varias décadas, con contribuciones que van desde Thomas Alva Edison hasta la compañía A.B. Dick, el mimeógrafo funcionaba bajo un principio mecánico bastante ingenioso, pero simple: la transferencia por matriz de cera o stencil.
El proceso requería destreza y paciencia y es que, si se cometía un error, no existía el botón de "deshacer".
La mecanografía del stencil: Se colocaba una hoja especial recubierta de cera en una máquina de escribir tradicional, pero retirando la cinta de tinta. Las teclas de plomo golpeaban directamente el stencil, picando la película de cera y dejando al descubierto una fina malla por donde pasaría la tinta.
El montaje en el tambor: La hoja picada se sujetaba a un tambor cilíndrico relleno de tinta viscosa.
El manubrio del éxito: El operador giraba a mano una palanca para hacer girar el cilindro. Con cada vuelta, el papel en blanco pasaba entre el cilindro y un rodillo de presión, absorbiendo la tinta a través de las perforaciones del stencil.
Si la persona que estaba intentando "imprimir" un documento cometía un error, debía aplicar una gota de líquido corrector en color rojo o azul sobre la cera, esperar a que se secara y volver a teclear con cuidado extremo sobre el mismo punto.

¿Por qué las copias del mimeógrafo tenían un olor tan particular?
Si fuiste estudiante entre la década de los 60 y los 90, seguramente recuerdas a tu profesor llegando con un montón de hojas húmedas, recién salidas del cuarto de copiado, y la reacción de todo el grupo siempre era la misma: tomar el documento, acercárselo a la cara y aspirar profundamente.
Ese extraño aroma venía de los fluidos duplicadores que, a menudo, tenían metanol e isopropanol. También por esta misma razón, las copias solían salir con un tono violeta o azulado, que se iba desvaneciendo si la luz del sol le daba de lleno a la hoja.
¿Por qué desapareció el mimeógrafo?
Con la llegada de la xerografía y la posterior popularización de las computadoras personales en los 90, el mimeógrafo se fue al olvido y no volvió a ser visto por ninguna generación después de los millennials.








