En el mundo de la medicina, el uniforme blanco es símbolo de esperanza; sin embargo, para los pacientes del Hospital General de Nocona, en Texas, se convirtió en el presagio de una ejecución silenciosa que causó un terror insólito.
Esta es la historia de Vickie Dawn Jackson, la enfermera que decidió quién vivía y quién moría, utilizando su posición para sembrar miedo en los pasillos de una clínica local.
A diferencia de otros criminales que utilizan armas convencionales, Jackson se valió de un fármaco paralizante: el cloruro de mivacurio. Este medicamento, diseñado para relajar los músculos durante cirugías, se convirtió en su herramienta predilecta para detener la respiración de sus víctimas en cuestión de segundos.
Lo más perturbador del caso no fue solo el método, sino la selección de sus objetivos. Entre finales del año 2000 y principios de 2001, una serie de muertes inexplicables comenzó a elevar las alarmas en el pequeño centro médico. Los pacientes, en su mayoría ancianos, presentaban crisis respiratorias fulminantes que no coincidían con sus cuadros clínicos originales.
Los investigadores se toparon con un perfil psicológico complejo y es que, no existía un móvil económico evidente.
Según las crónicas judiciales del caso, Jackson disfrutaba del control absoluto sobre la vida ajena. Algunos especialistas sugieren que buscaba la adrenalina de las maniobras de resucitación o, simplemente, la satisfacción de ser la última persona que sus víctimas veían antes de partir.
La desaparición de frascos del relajante muscular en su turno y la alta tasa de mortalidad cuando ella estaba haciendo guardia, fue lo que la acercó a su sentencia y tras la exhumación masiva de cuerpos que reveló restos del fármaco, la justicia finalmente la alcanzó.
En 2006, Vickie Dawn Jackson fue condenada a cadena perpetua tras declararse culpable de 10 cargos de asesinato, aunque se sospecha que el número real de víctimas podría ser mucho mayor.