Más Información
Roque ingresó a prisión siendo prácticamente un adolescente. Tenía 19 años cuando fue detenido en 1985 por el robo de una bicicleta.
La sanción inicial fue una multa mínima, equivalente a unos cuantos pesos. Si la hubiera podido pagar, habría salido libre. No pudo. Ese momento, aparentemente menor, marcó el inicio de una condena que terminaría acumulando casi 300 años de prisión.
Al llegar a la cárcel, Roque era un joven asustado, sin redes, sin protección y sin herramientas para sobrevivir en un entorno extremadamente violento. La penitenciaría en la que ingresó no era un espacio de reinserción, sino un territorio regido por el miedo, el abuso y la ley del más fuerte.
Lee también: Fatal accidente en Xochimilco: Tráiler arrolla y mata a hombre frente al Tren Ligero
La violencia como forma de sobrevivir
Para no ser víctima, Roque aprendió rápidamente que debía convertirse en alguien temido. El respeto, dentro de ese mundo, se ganaba a golpes o con sangre.
La droga fue el primer refugio. Luego vino la violencia. Bajo los efectos de las adicciones y presionado por dinámicas internas del penal, Roque comenzó a cometer homicidios dentro de prisión.
Algunos los ejecutó directamente; en otros casos, se responsabilizó de muertes que no había cometido a cambio de dinero o drogas. Cada vez que levantaba la mano y decía “yo fui”, su sentencia crecía.
Años y más años se sumaban a una condena que ya era, desde cualquier punto de vista, imposible de cumplir.
Durante décadas, Roque vivió inmerso en una lógica donde matar era una forma de sobrevivir. La cárcel normalizó la muerte diaria: personas asesinadas, ahorcadas o apuñaladas formaban parte de la rutina. No había atención psicológica, no había contención, no había un límite real a la violencia.
Roque no justifica lo que hizo, pero tampoco lo separa del contexto que lo rodeaba. Entendió la brutalidad como una norma.
El punto de quiebre llegó muchos años después. Mientras Roque seguía preso, sus padres fueron asesinados afuera como represalia por conflictos relacionados con su pasado.Esa pérdida lo confrontó con una realidad imposible de seguir anestesiando. La violencia que él había ejercido regresó convertida en un daño irreversible a las personas que más quería.
A partir de ahí, comenzó un proceso lento y lleno de resistencia. Roque ingresó a una clínica dentro del penal para tratar su adicción. No fue inmediato ni sencillo.
Se peleó, se rebeló, se negó. Pero poco a poco dejó las drogas, empezó a estudiar, a trabajar, a construir una rutina distinta. Por primera vez, dejó de definirse por el miedo.
Hoy, Roque cumple una sentencia reducida —aunque sigue siendo desproporcionada— y busca beneficios legales a partir de su conducta, su participación en programas y su cambio personal.
No se presenta como una víctima inocente ni pide absolución. Reconoce el daño causado y asume su responsabilidad.
El caso de Roque no es solo la historia de un hombre que tomó malas decisiones. Es el reflejo de un sistema penitenciario que, durante años, castigó sin reparar, encerró sin acompañar y convirtió errores iniciales en condenas de por vida.
Su historia obliga a preguntarnos qué sentido tiene una justicia que no distingue contextos, que no ofrece segundas oportunidades y que confunde castigo con justicia.








