Más Información
Ulises creció en la zona céntrica de un barrio popular. Sus padres intentaron darle una vida estable: lo impulsaron en sus estudios y desde pequeño aprendió el oficio de la mecánica. Antes de los 12 años, Ulises ya arreglaba autos y era parte del cuadro de honor en la escuela. Sin embargo, su vida cambió radicalmente cuando su padre abandonó a la familia sin explicación.
Presenciar cómo su padre recogía sus cosas y se iba dejó una herida emocional que lo marcó profundamente.
A partir de ese momento, Ulises empezó a consumir drogas y a buscar refugio en la calle y en amistades que lo fueron arrastrando hacia la delincuencia.
A los 12 años, ya ganaba dinero arreglando coches, lo suficiente para financiar su consumo de drogas, aunque su adicción no interfería directamente en los robos: diferenciaba "la fiesta" de "el jale".
Con el tiempo, se involucró en delitos mayores: robos a bancos y joyerías. Ganaba entre 50 mil y 100 mil pesos a la semana y sentía que eso le daba poder y estatus, algo que el trabajo honesto no le ofrecía. El robo más grande en el que participó fue en una plaza comercial: en una hora, su grupo asaltó un banco y una joyería, logrando un botín de 200 mil pesos.
Su vida delictiva terminó cuando fue detenido tras una persecución en la que intentó escapar de la policía.
Fue capturado y puesto a disposición por robo de vehículos y portación de arma. Aunque confesó algunos delitos, él asegura que el arma por la que recibió su condena más larga no era suya. El juez lo sentenció diciendo: "Estás muy chavo, pero te queda cerca", y le impuso nueve años, además de otras sentencias que hoy suman más de 15 años en prisión.
Dentro del penal, Ulises pasó los primeros cinco años sin rumbo. Consumía cristal y cocaína, y se mantenía en el mismo ciclo destructivo.
Todo cambió un día cuando se vio en el espejo: flaco, demacrado, y sin reconocer al hombre que veía. Ahí decidió cambiar. Comenzó a correr, se unió al gimnasio del centro y se interesó por los talleres de manejo de emociones, psicología y resiliencia.
El deporte lo transformó: hoy es fisicoculturista, entrena a otros internos, participa en competencias y representa al penal en concursos Inter-Reclusorios.
Ulises tuvo una relación de 10 años con una mujer a quien conoció en el penal, con quien tuvo una hija. Reconoce que, como su padre, él también abandonó a su hija y que la relación se deterioró hasta el punto de la separación. Sin embargo, sigue en contacto con su madre, la única persona que nunca lo ha dejado solo.
Hoy Ulises construye su vida con disciplina y esfuerzo. Entrena, apoya a los demás internos y busca dejar atrás el pasado del que tanto se arrepiente. Su historia es la de alguien que, desde el encierro, trabaja para ser mejor.








