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Oaxaca.— Después de vivir 30 años en Estados Unidos sin documentos, José fue deportado a México, el país donde nació, pero al que ahora tampoco puede acreditar que pertenece. Sin raíces cercanas ni una identificación oficial, enfrenta un nuevo obstáculo: recuperar su identidad mexicana.
Recuerda que el pasado 2 de julio agentes del Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos (DHS, por sus siglas en inglés) tocaron a su puerta. Todavía estaba dormido cuando abrió y, de inmediato, fue esposado. No le permitieron tomar ninguna de sus pertenencias, ni siquiera sus medicamentos, pese a que padece diabetes, hipertensión y problemas de circulación.
Una semana después fue deportado a México, pero nunca imaginó que, al regresar a su país, también sería considerado un indocumentado.
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SIN ACTA. Su acta de nacimiento nunca fue digitalizada y, por ello, no aparece en los registros oficiales. Desde su regreso, explica, ha vivido un calvario para recuperar su identidad mexicana, entre trámites burocráticos y lo que considera desinterés de los funcionarios públicos.
José nació en la Ciudad de México en 1957, en la colonia Santa María La Ribera. Su familia se vio obligada a vender su casa cuando el gobierno construyó en la zona el Metro San Cosme, por lo que se mudaron a Nezahualcóyotl.
Fue parte de una familia de ocho hermanos, todos dependientes de su madre. Estudió contabilidad, pero únicamente concluyó como pasante debido a las dificultades económicas.
Durante varios años trabajó como contador, hasta que una excompañera le propuso emigrar a España. Sin embargo, al llegar a Chicago, Estados Unidos, unos sobrinos lo convencieron de quedarse.
Para permanecer en ese país utilizó una visa de turista, que le permitía estar seis meses. Después simulaba regresar a México por una parte de la frontera, pero ese mismo día volvía a ingresar a territorio estadounidense.
Allá trabajó en una tienda y también emprendió un negocio con un carrito de hot dogs, donde por las tardes vendía antojitos mexicanos. La actividad resultó ser un buen negocio.
SU RETORNO. José permaneció siete días en prisión antes de ser deportado, una experiencia que recuerda como un infierno. Su traslado a México fue en avión, con destino a Villahermosa, Tabasco.
Asegura que, al llegar, agentes de migración mexicana le quitaron 300 dólares, sus medicamentos, su celular y las joyas que los funcionarios estadounidenses habían guardado en una bolsa sellada. En México, el gobierno federal únicamente le entregó 2 mil pesos.
La única identificación que conservaba era una copia de una credencial estadounidense y su constancia de repatriación. Primero viajó a la Ciudad de México y después a Oaxaca, donde vive actualmente con uno de sus hermanos.
Ahora enfrenta otro problema: no cuenta con documentos oficiales para identificarse ni puede conseguir un empleo, pues su acta de nacimiento no aparece. Pese a las dificultades, agradece la atención médica gratuita que recibe.
“He empezado a moverme en el Registro Civil y también intento sacar mi credencial de elector. Me dicen que tengo que sacar la CURP, pero yo no sabía qué era eso. Si no tienes eso, no haces nada. No eres nadie”, relata.
SIN PAPELES. José tiene 75 años y cuenta que las autoridades le explicaron que no encuentran su acta de nacimiento y que posiblemente nunca fue digitalizada.








