Hace unos días tuve la oportunidad de recorrer el Castillo de Bran, en Rumanía, un lugar que durante muchos años había deseado conocer. Debo aceptar que fue una experiencia espectacular. Caminar por sus estrechos pasadizos, conocer sus habitaciones y contemplar las montañas de los Cárpatos es como viajar varios siglos al pasado.
Sin embargo, algo llamó mi atención: debido a la celebración de Halloween, buena parte del interior estaba decorado con vampiros y figuras terroríficas. Aunque comprendo su atractivo turístico, sentí que tantos adornos dejaban en segundo plano lo verdaderamente importante: la extraordinaria historia de este recinto medieval.
Porque detrás de la leyenda de Drácula existe un personaje de carne y hueso cuya vida resulta mucho más inquietante que cualquier historia de vampiros.
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Me refiero a Vlad III, conocido como Vlad Tepes, El Empalador, príncipe de Valaquia, territorio que actualmente forma parte de Rumanía. Gobernó durante distintos periodos entre 1448 y 1476, convirtiéndose en uno de los hombres más temidos de su época. Su sobrenombre surgió del brutal método de ejecución que utilizaba contra sus enemigos: el empalamiento.
Su enfrentamiento con el Imperio otomano, especialmente durante la campaña de 1462, dio origen a numerosos relatos sobre su crueldad. Algunos fueron documentados y otros exagerados por sus adversarios.
Mientras buena parte del mundo lo identifica como un monstruo sanguinario, en Rumanía también es recordado como un gobernante que defendió su territorio frente al expansionismo otomano.
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Pero la leyenda alcanzaría otra dimensión en 1897, cuando el escritor irlandés Bram Stoker publicó su novela Drácula, transformando para siempre la literatura de terror.
Durante mi viaje descubrí algo que me sorprendió muchísimo: Bram Stoker nunca estuvo en Rumanía. Jamás recorrió personalmente Transilvania ni visitó los escenarios que describió en su novela. Construyó aquel universo mediante libros, mapas y testimonios de viajeros que sí conocieron estas tierras.
Una de sus fuentes principales fue William Wilkinson, autor de Una descripción de los principados de Valaquia y Moldavia, publicado en 1820, donde encontró el nombre Drácula.
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También consultó los escritos de Emily Gerard sobre las supersticiones transilvanas. Sin embargo, no existen pruebas suficientes de que su personaje fuera una representación directa de Vlad.
Curiosamente, tampoco hay evidencia sólida de que el Empalador viviera en el Castillo de Bran, fortaleza medieval que posteriormente fue residencia de la reina María de Rumanía. Su relación con Drácula es principalmente literaria y turística.
Mientras recorría sus habitaciones, pensaba en cuántas personas llegan buscando al vampiro sin conocer al verdadero personaje histórico.
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Después de esta experiencia comprendí que Bran no necesita vampiros ni decoraciones de Halloween. Su historia resulta suficientemente fascinante para despertar nuestra imaginación.
Porque Drácula podrá ser inmortal en la literatura, pero Vlad el Empalador fue real. Y quizá su mayor misterio sea precisamente ese: haber muerto hace más de quinientos años y continuar tan vivo en nuestra memoria.


