Un evento que no se le desea a nadie fue el que nos narró en su escrito nuestro amigo del taxi de aplicación, José Alberto.
“Ese día dejé un pasaje en Melchor Ocampo, frente a Galerías, cuando una mujer se me acercó y me pidió llevarla a Polanco, a la calle de Masaryk. Me dijo que me pagaría en efectivo.
“Pensé que ese dinero sería completo para mí, que no daría porcentaje a la aplicación y con trayecto corto.
“Ya en Masaryk me dijo: ‘¿Cómo ves que no te voy a pagar y, además, me tienes que dar mil pesos? Si no lo haces, gritaré que querías abusar de mí’.
“Le respondí que estaba mal, que cómo se le ocurría, y dijo: ‘Pues ya sabes’. Le contesté: ‘Estás loca, no te voy a dar nada, mejor bájate’. Ella se jaló la blusa hasta arrancarse los botones y gritó: ‘¡Me quieren violar…!’ Lo que no contaba ella es que llevaba una cámara extra que grabó todo, que si no, estaría en la cárcel.
“Al llegar la patrulla, me bajé y les dije que antes de cualquier cosa me permitieran mostrarles mi cámara y que después decidieran qué hacer. Al verse descubierta, quiso escapar, pero no la dejaron. Los policías me dijeron que si quería proceder, pero no quise perder mi tiempo.
“Así aprendí la lección de no dar servicio a nadie a menos que llegue por la aplicación, porque lo que yo viví fue una amarga experiencia”, concluye.
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