Gerardo tiene 56 años y ha pasado más de dos décadas privado de la libertad. Actualmente, vive en un penal donde seis personas duermen en cada celda, una rutina que, tras tantos años, describe con cansancio más que con sorpresa.

Su historia comienza en Tepito, donde creció en un entorno marcado por el trabajo informal, la cercanía con el dinero y una relación ambigua con la legalidad.

Su padre fue chofer durante años y posteriormente se involucró en actividades ilícitas no violentas relacionadas con fraudes conocidos como “la paca”, un método que, según Gerardo, no implicaba agresión física ni verbal.

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El esquema se basaba en el engaño: observar a posibles víctimas en bancos, fingir la caída de un fajo de billetes —armado con recortes de periódico y un solo billete real— y apelar a la avaricia para convencerlas de participar. “Con puro verbo”, explica, se concretaba el fraude.

Gerardo dejó la escuela durante la adolescencia, en una etapa que define como de rebeldía. Más tarde, se inscribió en el Conalep, donde conoció a una mujer con quien tuvo dos hijas.

Durante esos años, comenzó a consumir marihuana y normalizó las actividades ilícitas de su padre, a quien veía más como proveedor que como delincuente. Aquellos delitos eran considerados menores y permitían incluso el acceso a fianza.

En uno de esos episodios, recuerda haber sentido compasión por una víctima, y decidió no continuar con el fraude. Más adelante, esa misma compasión apareció cuando participó en el cuidado de un joven secuestrado.

El adolescente tenía 14 años. Durante los diez días que lo vigiló, Gerardo evitó que le hicieran daño, habló con él y pensó constantemente en sus propios hermanos. Sin embargo, reconoce que esa compasión no fue suficiente para apartarse definitivamente del delito.

ENGOLOSINADO

Tiempo después volvió a participar en otro secuestro. Acepta que fue una decisión motivada por la avaricia y la necesidad de consumir droga.

En ese caso, se adelantó al resto del grupo y negoció directamente con la familia de la víctima una cantidad menor de dinero.

Ese error, afirma, fue determinante: la víctima fue liberada y posteriormente lo reconoció. Fue sentenciado a 23 años de prisión.

Aunque su padre no participó directamente en ese secuestro, fue detenido por encontrarse en el mismo terreno y recibió la misma sentencia.

Ambos ingresaron juntos a prisión. Gerardo reconoce que la experiencia previa de su padre en la cárcel le ayudó a sobrevivir los primeros años.

Su padre recuperó la libertad hace ocho años; él continúa privado de la libertad.

Después del secuestro, se le sumaron otras causas: una por delincuencia organizada y varias más derivadas de conflictos internos en prisión, lo que incrementó su tiempo de encierro.

Ha sido trasladado a distintos penales por peleas y agresiones. Hoy se describe como alguien más tranquilo. “La reja me pesa”, admite.

Gerardo realiza artesanías en madera y aluminio. Habla poco con sus hijas, pero piensa en ellas con frecuencia.

Reconoce su responsabilidad: afirma que merece estar en prisión por los actos que cometió y que se desvió del camino.

Si algún día recupera la libertad, su deseo es simple: volver a ver a su padre, por eso espera que aún viva cuando ese momento llegue.

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