México vuelve a abrirle el corazón al mundo. Por tercera vez, nuestra tierra recibe una Copa del Mundo, y con ella regresan también los recuerdos de aquellas tardes que se quedaron para siempre en la memoria de la afición. En las dos primeras ocasiones, la Ciudad de México fue testigo de cómo dos gigantes de la historia levantaron la copa: Edson Arantes do Nascimento, Pelé, y Diego Armando Maradona.
En 1970, Brasil llegó al Azteca de la mano del inolvidable Pelé y se quedó con la entonces Copa Jules Rimet, tras vencer 4-1 a Italia en una final que todavía resuena en la memoria del fútbol. Aquella tarde no solo coronó a un campeón: dejó una postal eterna en el alma de México.
Dieciséis años después, México volvió a asumir el llamado de la historia al tomar el relevo de Colombia y organizar el Mundial de 1986. Entonces, apareció Maradona, irrepetible y desbordante, convertido ya en mito por aquella jugada que el mundo bautizó como la “mano de Dios”, pero también por la genialidad que lo acompañó durante todo el torneo.
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México, tierra de leyendas mundialistas
En la final, el hombre de la “mano de Dios” y del “gol del siglo” condujo a Argentina a una victoria sufrida y memorable de 3-2 sobre Alemania. El Azteca volvió a ser escenario de una consagración inolvidable, de esas que no terminan cuando suena el silbatazo, sino que permanecen latiendo en la memoria colectiva.
México entró al rescate del Mundial, tras la renuncia de Colombia a organizarlo, puesto que la FIFA le solicitaba al gobierno sudamericano un total de 12 estadios con capacidad mínima para 40 mil aficionados.
Una moderna red de comunicaciones, así como una buena infraestructura hotelera y aeroportuaria, que requería de una gran inversión; lo cual no pudo cumplir, aunado a la inseguridad que en ese momento generaba el narcotráfico en las ciudades de Medellín y Cali.
Así, en 1982 nuestro país levantó la mano y salvó la Copa, pero dos años antes de la inauguración, México vivió dos tragedias que volvieron a poner en duda el evento.
La primera fue en noviembre de 1984, con la explosión de gaseras en San Juanico, Estado de México y, lo peor, el terremoto de septiembre de 1985, que dejó desolación y muerte y una Ciudad de México devastada.
Con eso y todo, ocho meses después se vivió la inauguración, debido a que los estadios mundialistas no sufrieron ninguna afectación. Ese día, el entonces presidente Miguel de la Madrid Hurtado se llevó la mayor rechifla del público, por la crisis económica que vivía el país.
Hoy, entre junio y julio, México vuelve a recibir la máxima fiesta del fútbol. Y aunque el calendario avanza y los tiempos cambian, hay emociones que regresan intactas: la ilusión en las calles, la conversación interminable entre amigos, el eco de los viejos Mundiales y la esperanza de volver a vivir algo que merezca ser contado por generaciones.
Si en 1970 participaron 16 selecciones y en 1986 fueron 24, este 2026 reúne a 48 equipos distribuidos en 12 grupos de cuatro. El torneo ha crecido, se ha transformado y se ha vuelto más vasto, pero conserva intacta su capacidad de reunir al mundo alrededor de una misma emoción.
Tal vez este Mundial no llegue con una figura única capaz de robarse por completo la escena, y aunque nombres como Messi y Cristiano Ronaldo aún despiertan admiración, ambos pisan ya la antesala del adiós. Quizá por eso esta Copa se sienta distinta: menos aferrada a un solo rostro y más cercana a la nostalgia de todo lo que el fútbol nos ha dejado.
Porque cada Mundial que llega a México no solo trae partidos y estadios llenos: también devuelve recuerdos, revive emociones y nos recuerda que, a veces, el fútbol también es una forma de volver al pasado.








