Dos terremotos de magnitud similar pueden convertirse en historias completamente distintas. Japón acaba de vivir uno de magnitud 7.1 que dejó una estela de destrucción, edificios dañados, infraestructura afectada y víctimas mortales, pero cuyo saldo, hasta los últimos reportes, se mantenía en alrededor de una veintena de fallecidos. Un mes antes, Venezuela enfrentó una tragedia de dimensiones mucho mayores: dos terremotos consecutivos, de magnitudes 7.2 y 7.5, que dejaron alrededor de 5 mil muertos, 17 mil heridos y cerca de 18 mil personas sin hogar.
La comparación resulta inevitable, pero también revela una verdad fundamental: la magnitud de un terremoto no determina por sí sola cuántas personas morirán.
El 24 de junio, Venezuela fue sacudida por dos fuertes movimientos sísmicos ocurridos con apenas unos segundos de diferencia. El USGS ubicó el epicentro de uno de ellos cerca de Yumare, en el norte del país, y a una profundidad aproximada de 10 kilómetros. El organismo estadounidense advirtió además sobre una cantidad significativa de deslizamientos provocados por la secuencia sísmica.
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El resultado fue devastador. De acuerdo con una evaluación del Banco Mundial citada por Reuters, los terremotos provocaron unos 19 mil 600 millones de dólares en daños físicos directos. El 47% de las afectaciones correspondió a viviendas, 27% a infraestructura y 26% a edificios no residenciales. La reconstrucción completa podría alcanzar hasta 50 mil millones de dólares.
Una de las respuestas está en la vulnerabilidad de las construcciones. Japón vive sobre una de las zonas sísmicamente más activas del planeta y lleva décadas perfeccionando sus normas de construcción. Sus edificios modernos están diseñados para absorber y disipar parte de la energía de un terremoto, balanceándose sin colapsar. La filosofía no es impedir que el edificio se mueva, sino evitar que se convierta en una trampa mortal.
La ingeniería, sin embargo, es apenas una pieza del rompecabezas. Japón también ha desarrollado una auténtica cultura sísmica. Los simulacros comienzan desde las escuelas; las empresas y oficinas realizan ejercicios de evacuación; las familias conocen protocolos básicos y existe una población mucho más acostumbrada a reaccionar ante un terremoto.
A eso se suman sistemas de monitoreo y alerta temprana capaces de detectar las primeras ondas sísmicas y enviar avisos antes de que lleguen las sacudidas más intensas a determinadas zonas. Esa diferencia de segundos puede ser suficiente para detener trenes, cerrar instalaciones o permitir que una persona se coloque en un sitio seguro.
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En Venezuela, en cambio, los terremotos de junio golpearon a una población menos acostumbrada a enfrentar movimientos de semejante magnitud y en un contexto de mayor vulnerabilidad. Los expertos han advertido que la destrucción no depende únicamente de la fuerza del sismo, sino también de la calidad de las edificaciones, la preparación previa, la infraestructura disponible y la capacidad de respuesta después de la emergencia.
Y aquí aparece otro factor decisivo: el terremoto no termina cuando deja de moverse el suelo.
Después comienzan los incendios, las explosiones, los derrumbes secundarios, los deslizamientos, las fallas en el suministro de agua y electricidad y las dificultades para localizar y rescatar a las personas atrapadas. En Venezuela, las consecuencias se extendieron durante semanas, con problemas de acceso a agua potable, acumulación de escombros y riesgos sanitarios y ambientales.
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Japón tampoco es invulnerable. El terremoto de 7.1 ocurrido recientemente volvió a demostrar que incluso una de las naciones mejor preparadas del mundo puede sufrir daños y perder vidas. Pero su experiencia histórica demuestra que prepararse para el desastre puede cambiar radicalmente sus consecuencias.
La comparación entre ambos países deja así una lección contundente: no es correcto preguntar solamente qué tan fuerte fue el terremoto; también hay que preguntar qué tan preparada estaba la sociedad para recibirlo.
La Tierra tiembla de la misma manera para todos. Lo que cambia es lo que encuentra encima: edificios, infraestructura, sistemas de alerta, protocolos de emergencia y una población preparada —o no— para sobrevivir.
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En un terremoto, la diferencia entre una tragedia y una catástrofe puede medirse en centímetros de concreto, segundos de alerta y décadas de prevención.