A la tragedia de los terremotos que sacudieron Venezuela se suma otra: los venezolanos que perdieron familiares no pueden aún llorarlos. Ni siquiera, reconocerlos. Las morgues no se dan abasto. En La Guaira se instaló una morgue improvisada. De un lado, filas de cuerpos. Del otro, ataúdes.
Familiares esperan poder pasar para buscar a los suyos. Pero aun quienes logran entrar, no siempre tienen éxito. A una semana de los sismos, muchos de los cadáveres están irreconocibles. “Yo vine ayer y caminé todo y no conseguí a mi hija”, expresa desolado Antony Marcano.
“Vine con más calma y gracias a Dios la conseguí, la identifiqué”, añadió. “La reconocí por el anillo que yo le regalé”. Marcano participó en la recuperación del cuerpo que, explica, estaba irreconocible. La ropa y el anillo ayudaron en la identificación.
Mientras, de la morgue de Caracas emana un fuerte olor a muerte que los miles de litros de cloro donados no logran aplacar. Un empleado dijo que la institución ha recibido “muchísimos” cuerpos desde el día de los dos sismos y está desbordada.
El domingo, Rosanna Luna creyó reconocer a su hermana entre las fotos de cadáveres que están en esta morgue. Uno de los rostros era muy parecido, pero al ver más detalles, el esmalte de las uñas de los pies no coincidía. Al día siguiente, volvió y halló en un nuevo lote de fotografías otro rostro que se asemejaba. Pero la persona estaba tan hinchada que no pudo sentirse segura de que se tratara de ella.