Carlos Díaz regresó después de 20 años de silencio para hablar de uno de los casos de contacto extraterrestre más impactantes de México y del mundo. Su historia no es solamente la de un fotógrafo que captó objetos extraños en el cielo; es el testimonio de un hombre que asegura haber convivido con inteligencias luminosas que cambiaron para siempre su forma de entender la vida, la Tierra y el universo.
Todo comenzó en marzo de 1981, en el Ajusco, en la Ciudad de México, cuando Carlos salió a tomar una fotografía de un bosque al amanecer. De pronto, vio un resplandor amarillo anaranjado que surgía desde un barranco. Al principio, pensó que se trataba de un incendio, pero segundos después comprendió que estaba frente a algo inexplicable. Un enorme objeto luminoso comenzó a elevarse. Carlos tomó su cámara y logró captar una secuencia de fotografías. El objeto, según sus cálculos, medía entre 20 y 25 metros y estaba a solo 30 o 50 metros de distancia. En ese momento, su automóvil comenzó a vibrar, las luces aumentaron su intensidad y después todo se apagó.
Aquellas imágenes se convirtieron en el inicio de un caso que daría la vuelta al mundo. Sin embargo, la fotografía más famosa de Carlos fue tomada en Tepoztlán: una figura luminosa, orgánica, casi viva, que muchos compararon con una célula. Carlos no la llama nave, porque no tenía ventanas, puertas, tornillos ni estructura metálica. Para él, aquello era un “cuerpo de luz”, una conciencia luminosa.
Carlos Díaz relata su encuentro con cuerpos de luz
Lo más sorprendente es que, según Carlos, en Tepoztlán muchas personas conocían estos fenómenos desde antes. Los habitantes los llamaban “pedacitos de sol” o “brujas”. Algunos campesinos incluso aseguraban que esas luces bajaban para iluminarles el camino hacia sus tierras de siembra. Para ellos, no era algo aterrador, sino parte de una realidad cotidiana y ancestral.
Carlos afirma que su contacto con estos cuerpos de luz no fue solamente visual. En varias ocasiones fue invitado a interactuar con ellos. Primero metió una mano en la luz y sintió una temperatura agradable, una paz profunda. Después introdujo la cabeza y finalmente entró por completo. Dentro, dice, no había controles, pasillos ni tripulantes como en una nave convencional. Todo era luz. Y él se integraba a esa luz. Su cuerpo, sus ojos, sus manos y su conciencia se fundían con esa energía.
En ese estado, asegura haber podido ver a 360 grados. Pensó en su casa y la vio desde arriba. Pensó en los Viveros de Coyoacán y también pudo observarlos. Pero aclara que no era él quien controlaba el cuerpo de luz; simplemente formaba parte de esa conciencia.
El mensaje que Carlos recibió no fue militar, tecnológico ni religioso. Fue profundamente ecológico. Estos seres, según su testimonio, parecen interesados en que la humanidad despierte y comprenda que la Tierra es un organismo vivo. El planeta no nos pertenece: lo estamos heredando a las generaciones futuras. Y lo estamos entregando contaminado, violentado y agotado.
Carlos advierte que el mensaje que dio hace más de 35 años es hoy más urgente que nunca. Habló de cuidar los mares, los bosques, los ríos, los animales y toda forma de vida. Hoy vemos las consecuencias de no haber escuchado: cambio climático, deforestación, contaminación en la sangre humana, guerras y destrucción.
Su regreso no es solo el regreso de un testigo ovni. Es el regreso de una advertencia. Tal vez esos cuerpos de luz no vinieron para que escapemos hacia las estrellas, sino para recordarnos que primero debemos salvar la Tierra.


