No hay plazo que no se cumpla y, finalmente, Ye (Kanye West) se presentó en la Monumental Plaza México con un espectáculo que, sin exagerar, puede considerarse uno de los más impresionantes que se han visto en la CDMX.
El show fue espectacular: perfectamente sonorizado, con un despliegue inmersivo de humo, colores y efectos visuales que transformaron por completo el recinto, y que a partir de este evento será ‘un hueso duro de roer’ para sus competidores. Todo el ruedo de la Plaza México fue acondicionado para simular la Luna, permitiendo que las más de 40 mil personas que caben en el coso presenciaran desde sus lugares una experiencia sensorial difícil de repetir en México.
El montaje marcó, sin duda, la entrada del recinto de Insurgentes a la lista de espacios capaces de albergar espectáculos de gran formato a nivel mundial. Tal como se anticipó la semana pasada, el plan contemplaba la participación de invitados especiales. Sin embargo, por decisión del propio artista, ninguno apareció finalmente en el escenario.
Travis Scott, quien era uno de los nombres contemplados, canceló desde la mañana del sábado su presencia en la segunda fecha. Peso Pluma no pudo presentarse debido a conflictos con su visa, al tener que salir de Estados Unidos, entrar a México y regresar para iniciar una gira. Fuerza Regida quedó únicamente como una posibilidad que no se concretó. Entre los asistentes, llamó la atención la presencia de Christian Nodal, quien siguió el espectáculo desde un palco.
Una vez iniciado el concierto, quedó claro que Ye no necesitaba a nadie más. El show estaba concebido para sostenerse por sí mismo y cualquier valor agregado habría resultado innecesario, incluso sobrante. La narrativa visual fue contundente, con imágenes que evocan pasajes bíblicos, como la impactante Luna roja. La propuesta fue clara: el artista, el concepto y la experiencia bastaban.
Destacó también el operativo de seguridad y organización, que permitió un ingreso ágil y ordenado. Para quienes no acudieron al recinto, la experiencia pudo seguirse a través de una transmisión impecable por ViX, con una señal puntual, sin ediciones y una dirección de cámaras en tiempo real, alta tecnología y un despliegue humano sin precedentes que lograron lo más difícil, capturar gran parte de la atmósfera del espectáculo.
Después de esto, queda claro que los conciertos ya no pueden ser sólo un micrófono y un “gracias, Ciudad de México”. El público ya no paga por ver a un artista, paga por vivir una experiencia. La vara quedó alta y el mensaje es claro para la industria: ya no basta con salir a cantar, hay que provocar algo. Nos leemos la próxima, aquí, donde quizá hablemos de ti.





