En el historial de la criminología mundial, pocos nombres provocan tanto escalofrío como el de Yang Xinhai, no solo por la cantidad de víctimas que dejó a su paso, sino por la perversidad de su modus operandi:

Mientras la mayoría de los asesinos seriales siguen un mismo método y hasta la misma arma perpetradora, este hombre de origen chino convirtió el asesinato en una macabra experiencia que

Un rastro de sangre impredecible

Entre , las zonas rurales de Henan, Anhui, Shandong y Hebei vivieron bajo un estado de sitio invisible.

Yang Xinhai no buscaba dinero, no buscaba fama, buscaba la satisfacción de una pulsión violenta que lo llevaba a irrumpir en hogares durante la madrugada.

Lo que volvió locos a los investigadores fue la falta de un patrón de armas. En una escena utilizaba un martillo, en la siguiente un hacha, luego una pala o un cuchillo de cocina. Al cambiar constantemente de herramienta, Xinhai lograba que la policía pensara que se trataba de crímenes aislados o cometidos por diferentes delincuentes, permitiéndole seguir libre durante años.

El perfil de un depredador

Tras su captura en noviembre de 2003, sus confesiones dejaron helados a los interrogadores y es que, lejos de mostrar arrepentimiento, describió sus actos como una forma de liberación.

El móvil: Pura gratificación personal, no había conexión entre él y sus víctimas; elegía casas al azar donde familias enteras dormían, eliminando a todos los presentes para no dejar testigos.

La cifra: Se le atribuyeron oficialmente 67 asesinatos y 23 violaciones, aunque las autoridades sospechan que la lista negra podría ser aún más extensa.

El final

La justicia en China no se anduvo con rodeos. Tras un juicio breve donde la evidencia de ADN y sus propias confesiones fueron contundentes, Yang Xinhai fue condenado a muerte.

El 14 de febrero de 2004, apenas meses después de su arresto, el "Monstruo de Henan" fue ejecutado mediante un pelotón de fusilamiento.

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