Juan Ángel cuenta una vida marcada por la violencia desde muy temprano. Sus padres se separaron cuando él tenía ocho años y decidió irse con su padre porque, en ese momento, le parecía la opción menos dolorosa. Sin embargo, con él tampoco encontró cuidado ni estabilidad. Describe una infancia atravesada por golpes, abandono emocional y una sensación persistente de rechazo dentro de su propia familia. Mientras a sus hermanos los percibía más protegidos, creció convencido de que a él le tocaba el castigo, la dureza y el desprecio.
Muy pronto empezó a robar. Primero, como una conducta infantil sin contención; después, como una práctica cada vez más habitual. En su relato no aparece un solo adulto que hubiera leído su conducta como una señal de alarma; lo que recuerda son regaños, quejas de vecinos y golpes cotidianos. Su padre trabajaba, bebía y se vinculó con una pandilla; su madre rehizo su vida aparte. Juan Ángel fue quedándose solo, fuera de la escuela, fuera de la casa y, poco a poco, fuera de cualquier estructura de protección.
La calle se convirtió en su espacio de pertenencia. Dormía en camiones, robaba de madrugada con otros jóvenes y empezó a consumir sustancias desde muy chico. En ese entorno, la violencia dejó de ser una amenaza externa y se volvió una herramienta. Cuenta que formó una pandilla con un objetivo claro: ganar territorio, imponer respeto y sembrar miedo para que dejaran de pegarle. En su lógica, el terror funcionaba como escudo. No habla de prestigio ni de poder en términos abstractos; habla de sobrevivir sin volver a sentirse vulnerable.
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DURO
Uno de los momentos más duros de su testimonio es cuando identifica el punto en que “se desata” su furia. Después de repetidas agresiones de otros hombres mayores del barrio, decidió responder con un cuchillo. A partir de ahí, dice, empezó a herir a quien intentara tocarlo o humillarlo. La violencia que primero padeció terminó organizando su forma de relacionarse con el mundo. Su ingreso al tutelar y luego a prisión no fue un hecho aislado, sino parte de una trayectoria continua: robo agravado, portación de armas, homicidios, tentativa de secuestro y otros delitos fueron acumulándose en una vida donde salir y volver a caer se volvió casi rutina.

Juan Ángel reconoce haber entrado ocho veces a prisión. Dice que la cárcel no le ha dado nada bueno, pero también admite que nunca entendió a tiempo cómo romper el ciclo. Durante años, salió con más enojo, más miedo y una reputación que él mismo sentía obligado a sostener. Hoy, sin embargo, hay algo distinto en su manera de narrarse. Habla del desgaste, de la edad, de sus hijos, de la tristeza que le provoca ver a su padre envejecer y de la conciencia de que ha hecho demasiado daño.
No ofrece una redención fácil ni un arrepentimiento pulido. Su relato es más incómodo que eso. Lo que muestra es cómo un niño criado entre golpes, rechazo y ausencia puede convertir la agresión en identidad y cómo, después, desarmar esa identidad resulta muchísimo más difícil que haberla construido.










