Beto cuenta su historia desde la cárcel, donde cumple una condena de 72 años y seis meses por secuestro. Habla sin adornos, sin pedir perdón ni justificar lo que hizo, pero dejando claro que su vida comenzó mucho antes de convertirse en victimario.

Dice no tener familia. Fue abandonado a los pocos días de nacido en y pasó sus primeros años en una casa hogar. A los cinco años fue adoptado por una pareja vinculada al DIF. Ese año marcó su vida: relata haber sufrido golpes constantes, humillaciones y abuso sexual. Cuenta que era encadenado junto al perro como castigo y que nadie le creyó cuando intentó hablar.

A los seis años escapó. Vivió en la calle, en , y luego en La Merced. Dormía en coladeras, lavaba camiones, recogía vísceras para comer y consumía marihuana. Describe ese entorno como brutal pero, al mismo tiempo, como el único espacio donde sintió pertenencia. Entre hombres mayores en situación de calle aprendió a leer y escribir con periódicos usados, a hacer cuentas básicas y a sobrevivir.

Dice que allí nadie lo protegía, pero tampoco fingían ser otra cosa. A los nueve años, según su relato, fue levantado junto con otros niños por un grupo que los mantuvo retenidos durante más de un año.

ADIESTRADO

Habla de entrenamientos físicos extremos, castigos y asesinatos de quienes no resistían. Después fue entregado a un hombre al que identifica como su “patrón”. A partir de entonces, afirma, comenzó a realizar trabajos delictivos: robo, secuestro y homicidio. Sostiene que operaba bajo órdenes de personas con poder político y económico.

Recibió grandes cantidades de dinero desde los diez años y llegó a vivir en zonas acomodadas de la ciudad, pero insiste en que el dinero no llenó el vacío que arrastraba desde la infancia. Reconoce haber matado por primera vez a los diez años al hombre que lo había adoptado y maltratado. Describe el acto con frialdad y admite que en ese momento sintió satisfacción. A lo largo de los años siguientes, participó en múltiples delitos.

Aunque asegura no arrepentirse de su historia, sí habla de trauma, explosividad, dificultad para convivir y una sensación permanente de soledad. Fue detenido en 2008, poco antes de cumplir 18 años. Desde entonces, permanece en prisión. Lleva 18 años recluido.

Prefiere el encierro. Trabaja dentro del penal y lee con frecuencia. No le interesa estudiar formalmente y dice no tener intención de salir, porque fuera no tiene familia ni proyecto. Afirma que la cárcel lo contiene: lo limita y le impide seguir dañando.

Cuando se le pregunta qué habría querido ser, responde que piloto aviador. Dice que siempre quiso volar. También reconoce que intentó suicidarse en varias ocasiones y que cree que debe pagar por lo que hizo. Su relato mezcla crudeza, contradicciones y una idea constante: que su vida estuvo marcada desde el abandono inicial. No pide comprensión, pero sí plantea una pregunta implícita sobre responsabilidad individual y fallas estructurales.

“Un culero y su vieja me adoptaron. De castigo, me amarraban con el perro, me partían mi madre. Solo aguanté un año y me escapé de su casa y empecé a vivir en la calle, en las coladeras, tenía seis añosBeto, Recluso.

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