Emiliano es originario de Quintana Roo y creció en un entorno familiar fragmentado. Sus padres se separaron cuando era niño y, desde entonces, la ausencia constante de figuras adultas

Pasó gran parte de su infancia y adolescencia en la calle, acompañado principalmente por su abuela, mientras su madre trabajaba para sostener a la familia.

Este contexto de cuidado intermitente y supervisión limitada influyó en la forma en que a relacionarse con el dinero, el riesgo y la toma de decisiones.

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Durante su juventud, Emiliano inició el consumo de drogas y, posteriormente, se involucró en su venta.

Del narcomenudeo doméstico a la detención

Al inicio operaba de manera independiente, utilizando redes sociales y su propio círculo de conocidos como principal canal de distribución.

El narcomenudeo, en su caso, no se desarrolló a partir de estructuras criminales complejas, sino desde dinámicas cotidianas y domésticas. Su casa se convirtió en el centro de su actividad: ahí almacenaba la droga, dinero y objetos relacionados con el negocio.

Emiliano estaba convencido de que el dinero le permitiría resolver cualquier problema, mantener control sobre su entorno y proyectar una imagen de poder y estabilidad.

Con el tiempo, esta dinámica comenzó a generar tensiones dentro de su familia. Su esposa expresó en repetidas ocasiones su preocupación por los riesgos que implicaba tener armas y drogas dentro del hogar, especialmente por la presencia de su hijo, un menor con diagnóstico de TDAH y rasgos de autismo grado uno, que asistía a escuelas de educación especial.

A pesar de las advertencias, Emiliano minimizó los riesgos y mantuvo su actividad, priorizando la lógica del dinero inmediato sobre las consecuencias a largo plazo.

ATRAPADO

A través de la relación con una maestra de su hijo, Emiliano permitió el ingreso a su casa de una persona que desconocía que mantenía vínculos tanto con grupos delictivos como con autoridades.

Esta persona identificó la existencia de droga en el domicilio y la concentración de la actividad ilícita, lo que derivó en que Emiliano fuera observado, seguido y, posteriormente, denunciado ante las autoridades.

La investigación se inició a partir de esta información, evidenciando cómo las fronteras entre lo privado, lo criminal y lo institucional pueden diluirse con rapidez.

Al momento de su detención, Emiliano intentó negociar su libertad ofreciendo dinero, replicando un patrón que había utilizado antes para resolver conflictos. Esta vez, sin embargo, la estrategia no funcionó.

Fue detenido, procesado y sentenciado a siete años y cuatro meses de prisión, pena de la cual ha cumplido ya más de la mitad.

Durante su estancia en prisión, Emiliano reflexiona sobre la construcción de su identidad en torno al narcotráfico, la necesidad de validación, la influencia del entorno y la inmadurez emocional con la que tomó decisiones que impactaron directamente a su familia.

Reconoce que el dinero ilícito no le brindó la estabilidad ni el control que imaginaba y que las consecuencias alcanzaron principalmente a su pareja y a su hijo.

Actualmente, Emiliano expresa su intención de reconstruir su vida fuera de la delincuencia.

Tiene planes concretos para dedicarse a actividades lícitas, como negocios de comida y servicios, y plantea su testimonio como una forma de entender cómo el narcomenudeo contemporáneo puede arraigarse en espacios cotidianos, normalizarse y destruir, desde dentro, las estructuras familiares que lo rodean.

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