Más Información
Si creías que ya habías visto todo en el historial criminal del mundo, la historia de Richard Chase te va a quitar el sueño. En los años 70, este sujeto aterrorizó a California con una de las mentes criminales más retorcidas de las que se tenga registro.
Su obsesión no era el dinero ni la fama, sino algo mucho más macabro, él estaba convencido de que su propia sangre se estaba convirtiendo en polvo y la única forma de "recargar" era consumiendo sangre fresca.
Lo que empezó con animales pequeños pronto escaló a una serie de asesinatos seriales que dejaron a la policía en shock. Chase no solo mataba; realizaba rituales caníbales que le ganaron el apodo del "Vampiro de Sacramento".
Lee también: De vagabundo a asesino serial: El caso de Tommy Lynn Sells y los crímenes que no pudieron explicar
Su falta de empatía y su desconexión total con la realidad lo convirtieron en un depredador impredecible que entraba a las casas que encontraba abiertas, porque según él, "una puerta abierta era una invitación".
La mente de un caníbal
El caso de Chase es un viaje sin retorno a la esquizofrenia paranoide. Desde joven, Richard presentaba señales de alerta que hoy serían focos rojos gigantes, pero en esa época fue ignorado.
Su fijación con los rituales de sangre lo llevó a inyectarse sangre de conejo en las venas y a capturar mascotas del vecindario para alimentarse.
Para cuando la policía logró dar con su paradero en 1978, su departamento parecía una carnicería sacada de una pesadilla.
La perfilación criminal de Chase reveló que no elegía a sus víctimas por una razón específica; simplemente atacaba a quien tuviera la mala suerte de cruzarse en su camino.
Este nivel de violencia extrema y desorganización es lo que lo hace uno de los personajes más estudiados por los expertos en criminología hasta el día de hoy.
El juicio final y el fin de la pesadilla
El juicio de Richard Chase fue un circo de horrores donde se detallaron actos que incluso los reporteros más curtidos no podían creer. A pesar de que su defensa intentó pelear por la inimputabilidad debido a su evidente deterioro mental, el jurado lo declaró culpable de seis cargos de asesinato en primer grado.
En 1979, fue condenado a la pena de muerte por medio de la cámara de gas. Sin embargo, el "Vampiro del Sacramento" nunca llegó a la ejecución; el miedo a otros presos y su propia paranoia lo llevaron a acumular sus pastillas antidepresivas para terminar con su vida en su celda en 1980.








