Más Información
En algún punto de sus vidas, el destino se torció. Bastó una mala decisión, un mal día o un entorno que empujaba hacia el abismo para que la libertad se les escapara de las manos. Sin embargo, dentro de esa oscuridad en la que se encontraron, surgió un rayo inesperado: el boxeo. Para muchos, un deporte. Para ellos, una tabla de salvación.
Entre muros fríos y rutinas repetidas, el sonido seco de los guantes golpeando el costal comenzó a marcar un nuevo ritmo: uno que hablaba de disciplina, fortaleza, pero, sobre todo, de esperanza. Cada golpe era una oportunidad para vaciar la rabia, para ordenar el pensamiento, para recordar que aún había algo por lo que valía la pena levantarse.
En esos espacios, el boxeo no solo los fortaleció: los reconcilió consigo mismos. Les recordó su valor, su capacidad de cambio y la posibilidad —real— de construir un futuro distinto al que creían destinado.
Lee también: Mayweather y Pacquiao se enfrentarán en la Esfera de Las Vegas ¿Dónde será transmitida la pelea?
Hoy, en libertad, cada uno carga cicatrices profundas… pero también un espíritu renovado. Ya no solo pelean arriba del ring; pelean por sus familias, por nuevas oportunidades, por un lugar digno dentro de la sociedad que alguna vez los miró con desconfianza.
Hoy quieren ser ejemplo. Quieren enseñar a niños y jóvenes a no caer donde ellos cayeron. Quieren demostrar que siempre existe un segundo round.
Por eso piden ser considerados. Porque detrás de cada uno hay una historia de transformación. Porque encontraron en el boxeo algo que pocos encuentran: un motivo para seguir adelante.
A los 16 años, Juan Luis —un joven tranquilo, pero rodeado de un entorno complicado— cayó en decisiones que lo llevaron al reclusorio. Al principio, las horas eran eternas y los días iguales. Hasta que un entrenador voluntario llegó con algo tan simple como un par de guantes desgastados.
Juan Luis no sabía nada de boxeo. Pero ese primer golpe al costal lo despertó por dentro. Descubrió que, por primera vez en mucho tiempo, podía sacar la rabia sin herir a nadie.
Con el paso de los meses, el boxeo dejó de ser una actividad y se convirtió en su refugio. Cada sesión lo hacía sentirse más fuerte, más enfocado, más capaz. Cuando por fin salió en libertad, lo primero que hizo fue buscar un gimnasio. No para pelear, para ayudar.
Hoy, Luis entrena a niños y adolescentes de su colonia. No les habla de errores, sino de segundas oportunidades. Les dice que él aprendió a levantarse, literalmente, del piso… y que, si él pudo, ellos también pueden.
A veces, les muestra aquellos guantes viejos que aún conserva. “Con estos entendí —les dice— que todos podemos cambiar el rumbo”.







