La diplomacia mexicana entra en una nueva etapa. Este miércoles se confirmó que Juan Ramón de la Fuente dejará su cargo como titular de la SRE debido a problemas de salud, cerrando así un ciclo que comenzó en 2024 con el arranque del gobierno de Claudia Sheinbaum.
Aunque la noticia sorprendió por su inmediatez, no resulta del todo inesperada. Desde finales de 2025, el canciller había solicitado licencias temporales para someterse a procedimientos médicos, incluida una cirugía de columna, lo que lo obligó a separarse momentáneamente de sus funciones. Incluso, tras su recuperación, retomó actividades oficiales, aunque con una agenda más acotada.
Durante su gestión, De la Fuente encabezó una política exterior enfocada en el fortalecimiento de la cooperación internacional, particularmente en temas clave como migración, comercio y ayuda humanitaria. Uno de los ejes más visibles fue la protección de mexicanos en el extranjero, destacando operativos de evacuación en zonas de conflicto, donde más de mil connacionales fueron resguardados mediante acciones coordinadas de la cancillería.
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Asimismo, impulsó el relanzamiento de la relación bilateral con socios estratégicos como Canadá, mediante misiones comerciales que buscaron posicionar a México en sectores como tecnología y turismo. A nivel regional, mantuvo una participación activa en organismos multilaterales, promoviendo una agenda de cooperación latinoamericana y reformas en instituciones internacionales.
En el plano político, su perfil académico —exrector de la UNAM— imprimió un sello técnico y moderado a la diplomacia mexicana. También enfrentó retos complejos, como la tensión geopolítica global, la relación con Estados Unidos y la necesidad de reforzar la red consular ante escenarios migratorios cambiantes.
Su salida abre paso a un relevo en la cancillería, donde se prevé que Roberto Velasco, cercano al círculo presidencial, asuma el liderazgo de la política exterior mexicana.
El adiós de De la Fuente no solo responde a una cuestión médica, sino que también simboliza el cierre de una etapa en la que México buscó reposicionarse en el escenario internacional con una diplomacia más activa, humanitaria y estratégica.








