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Acompañado de su Biblia, su vestimenta santa y una mujer de avanzada edad portando un paraguas por encima de su cabeza, el padre de la iglesia pasó una por una a cada una de las tumbas del cementerio, incluso aquellas que no contaban con familiares presentes para rezar en nombre de quienes yacían enterrados.
Algunos niños jugaban entre las tumbas en silencio y reían ocasionalmente, mientras que los mayores guardaban respeto en silencio y algunos lloraban en privado, ya sea con una botella de agua o una cerveza en la mano.
Encima de la tumba de Aurelio Álvarez, uno de sus familiares bebía una cerveza y después de cada trago que ingería, tiraba un chorro pequeño encima de la piedra en señal de que estaba disfrutando de un trago con su fallecido.







