Cuando era niño, a Pedro no le gustaba decirles a sus amigos que su papá era taxista, porque le daba pena, pero ahora que es grande se siente bastante orgulloso.
“Tenía un Tsuru, estaba amoladón el coche de la pintura y cuando iba por mí a la escuela, yo me escondía para que no vieran mis amigos y se burlarán de mí.
“Hasta le decía que mejor no fuera por mí, pero él, con ese amor inmenso de padre, siempre estaba a la salida de la secundaria.
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“Cuando le iba bien en el día, lo acompañaba mi mamá y me hermana menor, porque nos llevaba a cenar tortas.
“Con el paso del tiempo, mi padre se enfermó y como yo ya estaba en la universidad, tramité mi tarjetón y lo trabajaba por las noches, para sacar algo de lana. Así pasó un año y comencé a tomarle cariño al taxi, incluso a sus fallas mecánicas y sus llantas viejas.
“Ese carrito nos daba de comer y hasta para las medicinas de mi papá, quien pasado ese año salió de su enfermedad, justo cuando terminé mi licenciatura.
“Él regresó a manejar su viejo taxi, pero yo comencé a trabajar y nos fue mejor, así que cambiamos el coche por uno nuevo y yo me quedé con el Tsuru; de hecho, lo mandé a hojalatear y pintar como taxi, en homenaje a lo que nos dio de comer y de escuela. “Ahora me siento muy orgulloso del oficio de mi papá”.
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