. – A sus escasos 12 años, Uriel Alejandro Giménez ya había consolidado una identidad pública que lo hacía destacar tanto en las calles de su barrio como en el ecosistema digital. Bajo el apodo de “Chispita”, el niño construyó una imagen que hoy recorre las redes sociales con una mezcla de asombro y tragedia: fotografías sobre motocicletas, ademanes desafiantes y registros donde posa con armas de fuego. Esta exposición, tan cruda como prematura, terminó por cimentar la percepción pública de Uriel, eclipsando incluso las circunstancias específicas de la noche en que perdió la vida.

Tras confirmarse su el pasado 21 de enero, su entorno íntimo transformó las plataformas digitales en un santuario de despedida que validó esa misma identidad. Mensajes como “Siempre fuiste un rochito, compañero”, “Volá alto” y “Róbate el cielo, Chispita” inundaron los perfiles de sus allegados. En los videos y fotos compartidos, se ve a Uriel operando vehículos de procedencia dudosa y exhibiendo armamento, símbolos que para su círculo cercano no eran señales de alarma, sino elementos cotidianos de la narrativa de vida que el propio menor proyectaba con orgullo.

La investigación policial añadió capas de complejidad al perfil del menor, confirmando que ya contaba con un antecedente de ingreso a una comisaría en octubre pasado bajo cargos de encubrimiento. Este historial, sumado a su estética viral, consolidó la imagen de una existencia atravesada por la marginalidad y el delito desde la niñez. Una de las fotos más simbólicas lo muestra usando una camiseta que homenajea a otro joven fallecido en octubre de 2025 durante un intento de robo en Remedios de Escalada; para los observadores del caso, esta conexión simbólica terminó de sellar el destino que parecía perseguir a "Chispita".

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Sin embargo, el impacto del "personaje" digital ha dejado en un segundo plano la mecánica de su muerte. Uriel se encontraba en un vehículo junto a dos adultos cuando se desató un enfrentamiento armado con la Policía Bonaerense. En medio de la balacera, los delincuentes huyeron del lugar, abandonando al niño herido en el barrio de Churruca, donde finalmente falleció sin asistencia inmediata.

Mientras la justicia analiza el proceder de las fuerzas de seguridad y rastrea a los prófugos que lo dejaron a su suerte, la leyenda de “Chispita” continúa expandiéndose en la red como un doloroso síntoma de una infancia vulnerada por la violencia. Entre el ruido de los comentarios y la viralización, las palabras de su hermana Miranda —“Solo vos y yo sabemos lo que pasamos juntos”— rescatan la única verdad que la narrativa pública ignora: detrás de la figura desafiante, había un niño de apenas 12 años cuya vida se extinguió mucho antes de tiempo.

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