La noche del 30 al 31 de mayo fui testigo de un espectacular avistamiento OVNI en la Zona del Silencio. Como saben quienes siguen habitualmente la columna Enigmas, del periódico El Gráfico, un servidor viaja desde el año 2019 a esta zona del desierto norteño al menos tres veces al año.

Desde hace varias décadas, el punto donde convergen los estados de Coahuila, Chihuahua y Durango se ha convertido en el epicentro del misterio: un lugar alejado de todo, donde se gestan enigmas sin resolver e impresionantes avistamientos de objetos voladores no identificados.

Hace unos días me encontraba de campamento con sesenta personas en el ejido La Flor, uno de los pocos ranchos donde todavía viven familias en este duro desierto del bolsón de Mapimí. A eso de las once de la noche, en dirección norte, todos los allí reunidos comenzamos a observar una luz extraña, a muy baja altura, que se apagaba y se encendía.

Luces extrañas en el desierto

En un principio pensamos que podía tratarse de la salida de alguna estrella, que desaparecía de forma intermitente debido a la abundante nubosidad que esa madrugada cubría parte del cielo en esta región de México. Aunque era una noche de Luna llena —la llamada Luna Azul, denominada así cuando se presentan dos lunas llenas en un mismo mes— no había muy buena visibilidad del firmamento: algunas zonas estaban cubiertas por nubes, mientras que otras permanecían despejadas.

Por esa razón, al principio no le dimos demasiada importancia a aquella luminaria. Pero minutos después apareció otra luz más, que también se apagaba y se encendía, igual que la anterior. Lo más impactante fue que no permanecían estáticas: comenzaron a desplazarse con un ritmo errático, completamente distinto al paso habitual de satélites o aviones.

De hecho, estas luces se encendían y se apagaban mientras cambiaban de trayectoria a baja altura. Hubo un momento en el que pudimos observar hasta tres de estas manifestaciones lumínicas desconocidas.

El instante más fascinante, el que más impactó al grupo allí congregado, ocurrió cuando dos de estas luminarias se cruzaron en el cielo. Ese movimiento mostró un comportamiento que, para muchos de los presentes, parecía inequívocamente inteligente. En medio de la soledad del desierto, aquello se percibió como algún tipo de conexión o señal con quienes estábamos allí, observando de frente eso que algunos, como el mayor Donald Keyhoe, denominaron “el problema número uno de la ciencia moderna”.

Es importante señalar que, en la porción del cielo donde el fenómeno OVNI se estaba manifestando, no hay carreteras ni poblaciones cercanas. Se trata de una zona totalmente deshabitada, dentro de un desierto agreste, duro e inhóspito, al que no es nada fácil adentrarse.

La emoción de las personas que nos acompañaban en este campamento, organizado por la empresa turística Volíbolo, también surgió porque horas antes habíamos realizado una ruta por esa misma región. Con sus propios ojos habían visto la inmensa soledad de este territorio norteño, su naturaleza salvaje y la ausencia de elementos que pudieran explicar fácilmente lo que presenciamos.

Por eso sabían, al igual que yo, que allí no existe nada evidente que justifique aquello que vimos. El misterio con mayúsculas.

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