El fenómeno de 31 Minutos llegó al Zócalo de la Ciudad de México para celebrar el Día de las Infancias con música, marionetas y diversión. La plancha se llenó de “cuernitos” rojos que nos hicieron recordar a los conciertos de AC/DC, pero en esta ocasión fueron en honor de Juan Carlos Bodoque, el peculiar conejo reportero.
El noticiero llenó de alegría a 230 mil asistentes, según cifras del Gobierno de la CDMX. El griterío de los niños cada que aparecía un personaje en escena convirtió al lugar en un "manicomio". Eran morritos que corearon cada una de las canciones ejecutadas por una banda en vivo.
Este concierto coincidió con el de Javier Corcobado, quien se presentó en el Teatro Metropólitan. Este reportero acudió primero al show de 31 Minutos para después desplazarse hacia la velada con el duque del ruido. Cuando nos retirábamos del Zócalo, la enorme ola de gente no nos permitía salir. Era como tratar de escapar por un embudo, en una guerra de empujones, codazos y pisotones de antología.
Esta huida nos permitió darnos cuenta de algo: en los costados del Zócalo el audio llegaba extremadamente bajito (hacen falta más repetidoras de sonido). Realmente, los únicos que pudieron disfrutar del show fueron los que estaban dentro de la plancha. En las orillas no se vio ni se escuchó bien. Aun así, el ambiente fue muy cálido y cantaban todas las rolas con grandes sonrisas.
Como pudimos, llegamos sudorosos a la cita con el poeta maldito, Corcobado, quien salió en un tono muy rockero para ir mutando a una suerte de líder espiritual. Pasó de temas como "Carta al cielo", "Desde tu herida" y "Solitud y soledad", con su elegante agrupación incluida su esposa Aintzane Aranguena, a momentos en los que subió a varios fanáticos al escenario para liberarse junto al artista, en un concierto ya convertido en ceremonia o bautizo, con un Corcobado descalzo.
Después de esos momentos reflexivos, Javier, una de las mejores plumas que ha dado el rock de España, retomó clásicos como “Caballitos de anís” y “Dame un beso de cianuro”, para terminar de matarnos en una noche larga que aún se negaba a morir con nosotros.





