David manejó durante diez años su Chevy, y la neta es que ese carrito fue su compa de mil batallas: buenas, malas y de las que dejan anécdota pa’ rato.
En diciembre, le tocó jubilar al buen Chevy, y aunque ya le urgía un reemplazo, la verdad es que sí le dolió dejarlo y todavía lo extraña un buen.
“Sí, traigo coche nuevo y todo funciona al cien, no da lata y hasta gasta menos gasolina, pero extraño los olores de mi carrito, sus mañas y hasta sus fallas”, cuenta.
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La nostalgia por el Chevy que marcó la vida de una familia
Ese Chevy era su mero gallo: él mismo le hacía el servicio, le quitaba el tanque para lavarlo, le sacaba y limpiaba los asientos… lo conocía como la palma de su mano.
Además, gracias a ese coche, pudo sacar adelante la secundaria de sus hijos, le dio de comer, lo llevó a pasear los domingos y, cuando andaba sin un peso, solo salía a dar el rol y se le aclaraban las ideas.
Una de sus mejores anécdotas fue cuando su hija desfiló en primavera y él adornó el Chevy de Hello Kitty. “¡Fue la sensación del evento!”.
Pero como todo lo bueno se acaba, tuvo que sacarlo de la ruleteada y, peor tantito, venderlo. “Con él se fue una parte de la historia familiar”, dice con nostalgia.
“Ahora, con el coche nuevo, me siento raro… nada le duele, todo es electrónico y lo tengo que llevar al servicio. Ni siquiera le puedo meter mano. Pero por más moderno que esté, no puedo evitar extrañar a mi Chevy”.
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