Alejandro Fernández reunió a 270 mil personas en Jalisco y, aun así, alguien decidió comunicarlo como si hubiera inaugurado una kermés, y ahí empieza el problema.
Conozco a Alejandro desde hace más de 20 años. Lo he visto llenar escenarios, conquistar plazas, sostener giras internacionales y construir una carrera que dejó de depender hace mucho del apellido Fernández.
Porque ese ha sido uno de sus mayores triunfos: dejar de ser “el hijo de Vicente” para convertirse en Alejandro Fernández, la máxima estrella viva de la música mexicana.
Y por eso resulta inexplicable que un evento de esta magnitud haya tenido una comunicación tan pobre, tan fría y tan chiquita.
Convocar a 270 mil personas no es un dato menor. No es una cortesía de boletín ni una cifra para esconder entre frases corporativas. Es un récord. Es un fenómeno y lo que hizo en la Minerva, en Guadalajara, es una demostración de poder artístico, popular y cultural, y queda claro que parece que algunos no entendieron lo que tenían enfrente.
Alejandro compartió escenario con Julión Álvarez, hoy rey indiscutible de la taquilla, y con Alfredo Olivas, otro de los nombres más fuertes de la música regional. También estuvieron Camila Fernández y Alex Fernández, quienes van construyendo su propio camino.
El resultado fue una postal poderosa de la música mexicana actual, de la que tenemos que sentirnos orgullosos.
Y, sin embargo, la comunicación no estuvo a la altura; porque fue tan grande que no se centró en cuánto costó el evento, lo verdaderamente importante era dimensionar el impacto de una convocatoria histórica. Y ni eso ocurrió.
A Alejandro y al evento los trataron como si fuera un masivo más. Como si la presencia de la estrella no fuera el eje, lo vieron como si 270 mil personas se reunieran todos los fines de semana para escuchar a cualquier artista o echar la carnita asada. Y eso molesta, porque Alejandro Fernández no es relleno de programación, no es un nombre más en un comunicado, su trabajo como artista no se resuelve con dos posteos.
Si alguien reúne a 270 mil personas, se construye una narrativa. Se presume, se amplifica. Se internacionaliza, se convierte en conversación. Aquí, en cambio, se dejó pasar y eso habla de una miopía tremenda en quienes tenían que comunicar el acontecimiento. Porque una estrella no solo se cuida en el escenario, también se cuida en la forma en que se cuenta su triunfo. Alejandro hizo su parte.
Los que fallaron fueron otros, porque cuando un artista de ese tamaño entrega un resultado histórico y la comunicación sale tibia, burocrática y mediocre, el problema no está en el escenario, está en el escritorio de su mánager y de Seitrack, la empresa que vende sus fechas, y esas son cosas que no deben pasar por alto.
Hace 17 años, en ese mismo lugar, la presentación de Alejandro la vivieron todos y su hazaña fue comunicada al nivel de una estrella. Hoy, con más historia, más peso y 270 mil personas reunidas, lo contaron en retazos. Eran otros tiempos, sí, pero el tamaño de una figura no se debe reducir por falta de visión; al contrario, bastante ha hecho en el mundo para que se le trate así. Nos leemos la próxima, aquí, donde quizá hablemos de ti.


