Una de las grandes imágenes de esta Copa del Mundo ha sido, sin duda, la celebración en la Plaza de la Constitución durante el llamado FIFA Fan Fest; más que una fiesta deportiva, se convirtió en un punto de encuentro para miles de aficionados.
La emoción desbordada durante los partidos de la Selección Mexicana confirma que estamos frente a un fenómeno que va más allá de lo deportivo. Ver a miles de personas con la camiseta nacional, cantando y celebrando, deja claro que en México nos hacen falta más pretextos para reconocernos como comunidad.
Mucho se criticó lo ocurrido en Paseo de la Reforma tras el partido más reciente de México. No se trata de justificar excesos ni actos vandálicos, pero sí de entender qué hay detrás de esa euforia: una sociedad que necesita expresarse, celebrar y encontrar motivos para sentirse unida.
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Recuerdo que, en una comida de diciembre, Emilio Azcárraga decía que traer un evento de esta magnitud a México sería motivo de orgullo para todos los mexicanos. Hoy, al ver la respuesta de la gente y el ambiente que se vive alrededor del Mundial, resulta imposible no reconocer la visión que tuvo.
Porque más allá del esfuerzo colectivo de organismos, autoridades y empresarios, Emilio fue una de las voces que más impulsó la sede mundialista. Su liderazgo y convicción hicieron posible que hoy millones de mexicanos puedan sentirse orgullosos de que nuestro país sea protagonista de una celebración de alcance global y eso es digno de reconocerse.
El Mundial no sólo despierta patriotismo. También nos recuerda que ser mexicanos no debería limitarse al 15 de septiembre ni a las fechas históricas. En tiempos de polarización, el futbol está logrando algo enorme: reunirnos.
Las audiencias en televisión han crecido de forma impresionante y el consumo en plataformas digitales se ha disparado. Pero detrás de esos números, hay algo más valioso: millones de personas compartiendo una misma emoción.
También conmueve ver a la afición mexicana en Estados Unidos. A pesar de la incertidumbre provocada por su política migratoria, nuestros paisanos siguen manteniendo viva la pasión por el futbol y por México.
Lo extraño es que, alrededor de este Mundial, las grandes figuras de la música han pasado casi de noche. No hay una canción nueva que se haya convertido en himno. Por eso seguimos recurriendo al infalible ‘Cielito lindo’, con más de un siglo de historia y una fuerza emocional que nadie ha podido reemplazar.
Hoy, más que nunca, la palabra clave debería ser solidaridad, con un país que, pese a sus problemas, conserva intacta su capacidad de emocionarse.
Porque entre goles, canciones y abrazos colectivos, el futbol nos recordó algo simple: México todavía sabe celebrar. Y a veces, en medio de tantas diferencias, eso también vale la pena reconocerlo. Nos leemos la próxima, aquí donde quizá hablemos de ti.




