Durante más de una década, el nombre de Gary Ridgway sembró miedo en el estado de Washington. Sin levantar sospechas y llevando una vida aparentemente normal, este hombre se convirtió en uno de los asesinos seriales más peligrosos en la historia de Estados Unidos.
Su historia no solo impactó por la cantidad de víctimas, sino por la frialdad con la que actuaba y el tiempo que logró evadir a las autoridades.
El apodo surgió en la década de los 80, cuando varios cuerpos comenzaron a aparecer cerca del Green River, en las afueras de Seattle.
Las víctimas eran principalmente mujeres jóvenes en situación vulnerable, muchas de ellas trabajadoras sexuales, lo que dificultó durante años la investigación.
Ridgway tenía un patrón claro:
Su perfil bajo le permitió pasar desapercibido durante años, incluso mientras la policía intensificaba la búsqueda del responsable.
Durante años, el caso permaneció sin resolverse. Sin embargo, todo cambió con los avances en tecnología forense.
En 2001, pruebas de ADN lograron vincular a Ridgway con varias escenas del crimen, lo que permitió su detención después de casi dos décadas de investigación.
En 2003, Ridgway aceptó su responsabilidad en 49 asesinatos confirmados, aunque confesó haber cometido más.
Para evitar la pena de muerte, llegó a un acuerdo con las autoridades:
A diferencia de otros criminales, Ridgway no encajaba en el estereotipo típico:
Esa doble vida fue clave para mantenerse fuera del radar durante tanto tiempo.
El caso del Asesino de Green River dejó huella por varias razones:
Años después, el caso de Gary Ridgway sigue generando interés por la crudeza de los hechos y por las lecciones que dejó en materia de seguridad, justicia y tecnología forense.
Su historia es un recordatorio de cómo un perfil aparentemente común puede ocultar una de las mentes criminales más peligrosas de su tiempo.