En los caminos polvorientos de la India del siglo XVIII, cuando el sol se ocultaba y la oscuridad envolvía aldeas y senderos, los viajeros sabían que el verdadero peligro no siempre venía de las fieras o de los bandidos comunes. Existía un susurro que se repetía de boca en boca: una hermandad secreta acechaba en las sombras. Y entre todos sus miembros, un nombre provocaba auténtico terror: Thug Behram, el hombre al que la historia recordaría como “El estrangulador mayor”.

Se decía que Behram no levantaba la voz, no blandía espadas ni disparaba armas. Su método era silencioso, casi invisible. Formaba parte de los llamados thugs, una red organizada que operaba en rutas comerciales, ganándose la confianza de los viajeros antes de atacarlos. El arma distintiva era un simple pañuelo, conocido como rumal. En cuestión de segundos, el lazo rodeaba el cuello de la víctima y el silencio volvía a reinar en el camino.

Durante décadas, estas desapariciones parecían obra del misterio. Familias enteras aguardaban el regreso de comerciantes que nunca volvían. El miedo crecía. Las historias hablaban de rituales oscuros y de una devoción sombría hacia la diosa Kali, a quien supuestamente ofrecían las vidas arrebatadas. Aunque con el tiempo los historiadores cuestionarían esta versión, en aquel momento la narrativa alimentó la leyenda.

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Las autoridades coloniales británicas, decididas a erradicar la amenaza, iniciaron una intensa persecución encabezada por el oficial William Henry Sleeman. Fue entonces cuando Behram cayó en manos de la justicia. Según los registros de la época, confesó haber participado en más de 900 asesinatos, una cifra que lo colocaría entre los criminales más prolíficos de la historia. Sin embargo, hasta hoy existe debate sobre la veracidad de esos números, pues muchos especialistas creen que pudieron ser exagerados como parte de la propaganda colonial.

En 1840, Behram fue ejecutado en la horca. Pero su nombre ya había quedado marcado en la memoria colectiva. ¿Fue realmente el asesino más letal de su tiempo o el producto de una narrativa que necesitaba un monstruo para justificar el dominio imperial?

Lo cierto es que, entre mito y realidad, la figura de Thug Behram sigue despertando fascinación. Su historia mezcla crimen, religión, política y miedo, convirtiéndolo en uno de los personajes más enigmáticos y perturbadores del pasado. Y en cada relato, vuelve la imagen del pañuelo deslizándose en la oscuridad, recordándonos que a veces el horror no necesita ruido para hacerse eterno.

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