La historia de Seisaku Nakamura no es la de un criminal común, es el relato de cómo el resentimiento y la falta de comunicación pueden explotar en una tragedia inimaginable.
En la década de los 40, mientras el mundo estaba distraído con la guerra, un joven japonés con discapacidad auditiva sembró el pánico en la prefectura de Shizuoka. A pesar de sus limitaciones físicas, Nakamura demostró una frialdad absoluta, convirtiéndose en uno de los asesinos seriales más letales de su época.
Nakamura no elegía a sus víctimas al azar, su primer ataque violento ocurrió cuando apenas era un adolescente, impulsado por un profundo sentimiento de rechazo social.
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En un entorno donde no recibía el apoyo necesario por su condición, el joven canalizó su frustración a través de la violencia, cometiendo homicidios brutales que dejaron a las autoridades locales completamente desconcertadas, ya que nadie sospechaba que un joven "tranquilo" y con sordera pudiera ser el responsable de tanta sangre.
Captura y ejecución: El fin de una racha de terror
A diferencia de lo que vemos en las películas, la captura de este criminal japonés fue resultado de su propio descuido, y es que, Tras haber asesinado a nueve personas —incluyendo a miembros de su propia familia—, Nakamura fue finalmente detenido por la policía en 1942.
Durante los interrogatorios, se reveló una verdad perturbadora: su motivación nacía de un deseo de venganza contra una sociedad que, según él, lo ignoraba y lo humillaba constantemente.
El proceso legal fue rápido, considerando el contexto de la Segunda Guerra Mundial. Aunque su defensa intentó usar su condición como atenuante, la justicia japonesa no tuvo piedad.
Fue condenado a la pena de muerte y ejecutado en 1944. El caso de Seisaku Nakamura quedó marcado en los archivos policiales que dejaron en la sociedad japonesa un sentimiento de que la maldad no tiene barreras.








