Olvídate de las leyendas urbanas que te contaban de niño para que te durmieras temprano; la realidad de Cayetano Santos Godino superó

Y es que, no se trata de un espectro, era un joven de carne y hueso que, con solo 16 años, ya había a una espiral de pánico absoluto.

La prensa lo bautizó como el “Petiso Orejudo”, un apodo que sonaba casi cómico si no fuera porque escondía al primer asesino serial de Argentina, un tipo cuya única diversión era cazar a quienes no podían defenderse:

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Cayetano era bajito, de mirada perdida y orejas enormes y aún así, se convirtió en el retrato del miedo y es que lo que lo hacía aterrador era que no mataba por necesidad ni por impulso ciego, sino por una curiosidad macabra que nadie podía explicar.

Los rituales de un depredador infantil

La crueldad de este personaje no conocía límites, mientras los niños de su edad jugaban en las calles, él perfeccionaba métodos escalofriantes que incluían desde incendios provocados hasta el uso de cuerdas para asfixiar. Sin embargo, lo que más impactó a los peritos fue su obsesión por usar un clavo largo que hundía en la sien de sus víctimas, una técnica que parecía salida de un ritual oscuro.

Lo más cínico del Petiso Orejudo era su narcisismo, él no se conformaba con el acto; necesitaba ver el resultado. Se presentaba en las comisarías para "ayudar" o se mezclaba entre la multitud en los entierros para observar de cerca el llanto de los padres. Era esa mezcla de sadismo y egolatría lo que finalmente lo delató tras el asesinato de Jesualdo Giordano en 1912, un crimen que marcó el fin de su carrera delictiva pero el inicio de su leyenda negra.

El castigo eterno en la cárcel del fin del mundo

Cuando la justicia argentina se topó con él, se enfrentó a un dilema: ¿era un enfermo mental o un criminal consciente?

Tras varios debates, fue enviado a la Cárcel de Ushuaia, ahí, el primer asesino serial de Argentina se convirtió en un preso muy odiado, ni los ladrones más rudos querían convivir con alguien que había atacado a niños.

Su muerte en 1944 fue tan oscura como su vida. La versión oficial habla de una enfermedad, pero en los pasillos de la prisión siempre se dijo que los mismos reclusos le dieron una "calurosa" despedida después de que Cayetano matara a la mascota del pabellón.

Así se cerró el expediente de un niño que decidió ser monstruo, dejando una herida en la historia criminal que, a más de un siglo, todavía no termina de cerrar.

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