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Durante años, Anchorage, Alaska, fue una ciudad donde el frío imponía silencio y la noche parecía eterna. En esas calles, nadie sospechaba que uno de los hombres más amables del vecindario ocultaba un secreto atroz. Se llamaba Robert Hansen y su historia se convertiría en una de las más perturbadoras de la criminología estadounidense.
De día, Hansen era un panadero respetado, padre de familia, cliente habitual de los mismos cafés y tiendas. Saludaba con cortesía y cumplía horarios. De noche, se transformaba en algo distinto: un cazador que utilizaba el vasto territorio de Alaska como su escenario perfecto.
El misterio comenzó con desapariciones que no parecían conectadas. Mujeres jóvenes, muchas de ellas trabajadoras sexuales o bailarinas, se esfumaban sin dejar rastro. En una región donde la naturaleza puede tragarse cualquier huella, los casos se diluían entre la nieve, el hielo y el olvido. Nadie veía un patrón. Nadie miraba al panadero.
Hansen se ganaba la confianza de sus víctimas con promesas de dinero o traslados seguros. Luego, el engaño se rompía. Tras someterlas, las subía a su avioneta privada y volaba hacia zonas remotas, donde el silencio era absoluto. Allí comenzaba su ritual más macabro: las liberaba en plena naturaleza, les concedía una falsa oportunidad de escapar… y después las cazaba. Rifle en mano, convertía el terror en juego.
Durante años, la policía caminó a ciegas. El punto de quiebre llegó cuando una mujer logró escapar con vida y contó lo impensable. Su testimonio, unido a pruebas balísticas, registros de vuelo y un hallazgo clave —un mapa con equis marcando sitios de entierro— reveló la verdad que nadie quería creer.
En 1983, Hansen fue arrestado. Confesó al menos 17 asesinatos, aunque insinuó que el número real era mayor. La justicia fue implacable: 461 años de prisión, sin posibilidad de libertad condicional. El panadero nunca volvió a caminar libre.
Robert Hansen murió en prisión en 2014, pero su sombra permanece. Su caso obligó a replantear la forma en que se investigan crímenes contra mujeres en situación vulnerable y dejó una pregunta inquietante flotando en el aire helado de Alaska: ¿cuántos monstruos pueden esconderse detrás de una vida aparentemente normal?
La historia del “Panadero carnicero” no solo es un expediente criminal; es un recordatorio de que, a veces, el verdadero peligro no viene del bosque, sino de quien sonríe desde el mostrador.








