De , que concentró su actividad en cinco urbes y un radio no mayor a los 55 kilómetros, a Norteamérica, donde 16 metrópolis recibirán los encuentros con distancias de hasta 4 mil 500 kilómetros entre sí, la contrasta dos formatos radicalmente contrarios en apenas un cuatrienio, posicionando a la justa actual como la segunda con mayor cantidad de sedes en la cronología del torneo.

La amplitud del territorio representará un desafío mayúsculo tanto para los 48 combinados nacionales como para sus seguidores, quienes afrontarán prolongados trayectos de avión y desajustes de hasta tres zonas horarias, una realidad muy ajena a la concentración experimentada en Doha en 2022.

Desplazamientos que superarán las cinco horas de trayecto aéreo y que transformarán radicalmente la logística y el descanso entre cada compromiso y etapa.

Este incremento a 16 plazas coloca a la presente competición en solitario dentro del segundo puesto del registro histórico de localidades, rebasando por ocasión primera el récord que poseía el Mundial de España 1982, el cual organizó su agenda de encuentros a lo largo de 14 urbes.

El liderazgo incuestionable en cuanto a dispersión territorial seguirá en manos de la edición de Corea-Japón 2002. En esa inédita vivencia de organización conjunta, el diseño del torneo se dividió en una marca histórica de 20 urbes anfitrionas, distribuidas en partes iguales con 10 zonas por cada nación.

Al margen de las cifras inusuales de 2002, 2026 y 1982, el máximo organismo del fútbol solía mantener un parámetro ideal para desarrollar la competencia de entre 11 y 12 sedes durante las recientes cuatro ediciones, una tendencia que se rompió por completo este año.

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