Vuelvo al Coloso de Santa Úrsula casi dos años después de mi última visita como aficionado en la grada, para aquella final del Clausura 2024 entre América y Cruz Azul. Hoy, con la remodelación reciente y los precios ya encaminados hacia el Mundial 2026, regreso a esa experiencia del Clásico Joven para contarla desde la tribuna: lo bueno, lo incómodo y lo que cambió en el estadio.
Era un partido de alta demanda. De esos que paralizan la ciudad y ponen a prueba la paciencia. Para evitar contratiempos con el tráfico, salí de casa a las 16:30 de la tarde, casi cinco horas antes del inicio. El estacionamiento, con costos arriba de los mil pesos, me hizo tomar otra ruta: taxi por aplicación. El acceso por Calzada de Tlalpan fue relativamente fluido… hasta llegar a la explanada del estadio, donde el movimiento ya era otro.
El acceso al inmueble cerraba a las 18:00 horas, así que aproveché ese margen para caminar las calles alrededor. La primera impresión fue positiva: un estadio cuidado al detalle, sin basura visible, con muros renovados y murales que hacen referencia a la cultura mexicana. Detalles que le van dando ese aire mundialista al estadio más importante del futbol en México.
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El contraste llegó en la entrada. La organización para acceder a los filtros fue irregular. Mientras parte del personal gestionaba la entrega de FAN ID, otros avanzaban con procesos distintos, lo que generaba confusión y molestia entre la gente. Fueron 25 minutos exactos hasta llegar a los torniquetes.
Ya adentro, la primera mejora fue clara: el escaneo de boletos sin contacto, algo que antes no existía.
Dentro del estadio, la oferta de alimentos y marcas llama la atención de inmediato. Todo más moderno, más internacional… y también más caro. Una hamburguesa sencilla de marca estadounidense costaba 294 pesos, mientras que una torta de cochinita rondaba los 150 pesos. Otro cambio importante: ya no se acepta efectivo. La única opción es una tarjeta con saldo precargado, que va desde los 350 hasta los 500 pesos.
En cuanto a amenidades, para quien conoció el antiguo estadio Azteca, no hay grandes cambios estructurales. Baños incluidos: básicamente pintados y redistribuidos, sin una transformación profunda.
Ya instalado en mi lugar, en la parte más alta del estadio —la zona más accesible para este partido, con un costo cercano a los 700 pesos— lo primero que llamó la atención fue la vista. Más allá del espectáculo, soy de los que sigue el futbol desde el juego, y desde ahí todo se aprecia distinto.
La tecnología sí marca una diferencia evidente. Luces que ambientan la cancha de manera llamativa, un sistema de audio potente y, algo clave hoy en día, señal y wifi dentro del estadio funcionando sin problemas.
En conclusión, las mejoras del Coloso de Santa Úrsula sí elevan la experiencia del aficionado y le dan una segunda vida al estadio más importante del país. Sin embargo, si se estandarizan estos precios en el futbol mexicano, será triste, pues sólo estará al alcance de muy pocas personas.