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En Afganistán, algunos taxistas encontraron una peculiar forma de desafiar las restricciones impuestas por el gobierno talibán: subirle al volumen y poner música mientras recorren las calles de Kabul, aunque saben que podrían ser descubiertos por la policía de la moral.
La música, que durante años sonó en restaurantes, cafés y tiendas de la capital, quedó prácticamente en silencio tras la llegada de las restricciones, con excepción de canciones religiosas o patrióticas respaldadas por las autoridades talibanes.
Pero conductores como Roeen, de 28 años, comenzaron a recuperar discretamente las melodías afganas. En su taxi suenan canciones folclóricas o pop de Afganistán y de otras regiones, aunque con una condición: si aparecen fuerzas de seguridad cerca, la música se apaga de inmediato.
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Mientras atraviesa el intenso tráfico de Kabul, Roeen cuenta que desde que se impuso la prohibición se ha interesado "diez veces más en la música".
Para el taxista, escuchar canciones constantemente se convirtió en algo más que entretenimiento. En un país donde también están prohibidas diversas formas de diversión, incluido el cine, poner música representa una pequeña forma de protesta.

La prohibición de la música en lugares públicos es impuesta por el Ministerio para la Propagación de la Virtud y la Prevención del Vicio (PVPV), cuya policía de la moral recorre la ciudad con largas túnicas blancas.
Las autoridades consideran que la música está prohibida y puede causar molestias a los pasajeros, por lo que los conductores deben abstenerse de ponerla o escucharla.
El ministerio no respondió cuando fue consultado sobre los castigos para quienes desafían la medida. Sin embargo, quienes infringen la prohibición corren el riesgo de ser encarcelados.
Así, entre el tráfico, el ruido de las calles y la vigilancia, algunos taxistas de Kabul encontraron en la música una manera discreta de hacer sonar su inconformidad.








