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PREGUNTA
Llevo seis años divorciado. Tengo una vida razonablemente cómoda y vivo solo en un departamento donde nada cambia. La taza permanece donde la dejé, el sillón está impecable y el silencio me recibe puntualmente. El martes estuve a punto de telefonear a mi exesposa, aunque sea para pelear. No quiero reconstruir el matrimonio, pero durante 20 años hubo una persona interesada en saber cómo me había ido. A cierta edad, uno se pregunta cosas extrañas: ¿vale la pena seguir vivo cuando deja de haber alguien esperándonos?
RESPUESTA
Se envejece cuando dejamos de abrirle la puerta a la vida. Tu casa necesita amigos que se queden a cenar, una sobremesa larga. No llames a tu ex, mejor construye nuevos afectos. Y si aparece una mujer que quiera compartir contigo el café, la conversación y hasta el control remoto, no le cierres la puerta por miedo a perder tu tranquilidad.
PREGUNTA
Te juro que mi marido y yo ya parecemos socios de una empresa de logística. “¿Recogiste a la niña?”,“¿Pagaste la luz?”, “Falta papel de baño”. Todo por WhatsApp, obvio. Antes nos bastaba mirarnos para acabar besándonos. Ahora él llega a una hora, yo a otra, y los dos caemos muertos. Ayer me abrazó mientras lavaba los platos y le solté un: “Ay, no estorbes”. Se fue de mi lado. Luego me encerré en el baño a llorar como quinceañera. No sé ni cómo ¿por dónde empiezo?
RESPUESTA
No esperes a que tu marido adivine tus lágrimas ni te castigues pensando que eres culpable de que el deseo no regrese por arte de magia. Apaga los teléfonos, deja los platos sucios una noche y siéntense a hablar como aquellos dos enamorados que alguna vez tuvieron tiempo para todo. Empieza por dar ese abrazo que rechazaste. Tal vez él también está esperando que lo invites a volver.
PREGUNTA
Amaneció gris, mi vieja apurándome, los chamacos agarrados por el baño y yo pensando en las otras dos horas de tráfico para llegar a esa chamba que tanto odio. Hasta pensé en hacerme el enfermo. Pero me acordé de mi hermano, que pasó tres años sin trabajar, y de cómo yo mismo decía que era un huevón mantenido. ¡Pues ahora resulta que lo envidio! Nomás quiero un día de cama, sin que nadie me pida dinero, favores ni soluciones. ¿Qué pasó conmigo que me siento paralizado, entumido, pesado y frío?
RESPUESTA
No confundas responsabilidad con cadena. Tus hijos necesitan un padre presente, no solamente una cartera que camina entre el tráfico. Habla con tu mujer, repartan las cargas y regálense domingos sin exigencias. A veces se necesita repartir la carga y soltar.
PREGUNTA
Salgo de trabajar, paso al súper, checo las tareas, acomodo las pastillas de mi suegra y todavía mi señor esposo pregunta por qué no traigo ganas de romance. ¡Pos cuáles ganas! Encima dice que seguro ando con otro. ¿Con otro? ¡Si con éste ya tengo chamba doble! A veces me quedo diez minutitos sentada en una banca antes de llegar a casa, nomás para que nadie me diga: “mamá no hay de comer, necesito tu ayuda o ¿dónde estabas?”. Extraño tanto que me acaricien bonito. ¿Cómo hacerle para volver a sentirme mujer y no la administradora de toda la familia?
RESPUESTA
Necesitas un reparto nuevo de responsabilidades. El control no lava los platos, no cuida enfermos y mucho menos despiertan el erotismo. El deseo difícilmente florece cuando una está administrando hasta el último calcetín de la familia. Tu marido y tus hijos necesitan convertirse en compañeros y no en otros pendientes. Cuando recuperes un poco de aire, quizá te vuelvan las ganas de jugar entre las sábanas.
PREGUNTA
Todos me dicen que soy fuerte, que no saben cómo has podido con todo. Ni modo que no pudiera. Me divorcié de un hombre que se jugaba el dinero, saqué a mis hijos adelante, pagué mi casita y nunca anduve pidiendo que me rescatan. Pero hoy sonó el despertador, vi ese cielo todo triste y me solté a llorar. Mis hijos ya hicieron su vida, mis amigas andan ocupadas y los señores que conozco quieren una mujer alegre y sin nubes negras en la cabeza. ¡Como si una fuera de piedra! Yo no busco que me mantengan, Dios me libre. Quiero alguien que me abrace por las noches, así de simple. ¿A mi edad todavía se vale querer eso?
RESPUESTA
No hace falta fingir alegría para resultar atractiva ni esconder las tristezas para merecer compañía. Acércate a quienes te quieren. Cuando llegue alguien dispuesto a abrazarte, no le presentes la historia de tus batallas. Acércate, descansa la cabeza en su pecho y déjate querer. A veces, eso es todo lo que necesitamos para volver a salir al mundo.




