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PREGUNTA
Llegué a la boda de mi amigo dispuesto a bailar, tomar y ver si alguna chavita se dejaba conocer. Pero terminé platicando con la hermana menor de la mamá de mi mejor amigo. Sí, ya sé: suena…complicado. Me lleva diez años y, para qué mentir, me volvió loco. No solamente por su cuerpo, que tampoco estaba nada mal, sino por la seguridad con la que se mueve, por lo que sabe de la vida y por esa manera de mirarme. Me fui de la boda pensando que quizá me estoy perdiendo de algo por buscar siempre mujeres de mi edad. ¿Estaré entrando en una etapa en la que me gustan las mujeres mayores?
RESPUESTA
La vida te cambia el mapa sin pedirte permiso. A veces creemos que sabemos qué nos gusta hasta que alguien aparece y nos descubre un gusto nuevo. No le pongas nombre todavía. Si te gustan las mujeres mayores, descúbrelo; si te gustó ella, obvio, también. Hay personas que llegan tarde a nuestra vida y, sin embargo, llegan justo a tiempo.
PREGUNTA
Hay una pareja que conozco desde hace años. Los he visto quererse, pelearse, cuidarse y celebrar las cosas buenas. Pero desde hace tiempo tengo la impresión de que él mira a los hombres de una manera que no es de amigo. Lo curioso es que creo que los dos lo saben. Nunca lo han dicho, nunca se lo han preguntado. Siguen viviendo como si hubiera una habitación dentro de su casa a la que ninguno entra. ¿Puedes pasar 40 años con alguien amándolo de verdad y, al mismo tiempo, guardar una parte de sí mismo en silencio? ¿Cuánto puede durar una vida alrededor de una pregunta que nadie se atreve a hacer?
RESPUESTA
Los seres humanos somos capaces de construir casas enteras alrededor de una puerta que nadie se atreve a abrir. Tal vez ellos encontraron una manera de quererse que les funciona; tal vez también cargan con una conversación pendiente. Hay silencios que protegen y otros que pesan. La intimidad no siempre consiste en contarlo todo. A veces consiste en saber que, si un día necesitas decir la verdad, la persona que tienes enfrente no va a salir corriendo.
PREGUNTA
Tengo ocho años de casado y extraño que alguien me vea con deseo. No estoy diciendo que quiera una amante ni que quiera dejar a mi esposa. Llego a casa, vemos la tele y dormimos. Ella quiere, pero ya no siento que me desee. Y quizá lo peor es que yo tampoco me miro ya con esos ojos. ¿En qué momento dejamos de sentirnos hombre y mujer para convertirnos en esposos?
RESPUESTA
A veces, el matrimonio no mata el deseo, lo va cubriendo de cosas. Recibos, cansancio, pendientes, hijos, trabajo, preocupaciones y esa costumbre de saber que el otro estará ahí mañana. Nos enseñaron a agradecer que nos quieran y a no pedir. Pero sentirse deseado también es una necesidad humana. Antes de buscar una mirada afuera, quizá valdría la pena preguntarte cuándo dejaste de mirarte tú con cariño. No necesitas otra mujer, necesitas volver a descubrir al hombre que se fue quedando dormido.
PREGUNTA
Hay noches en las que espero a que mi marido se duerma, miro el cel sobre la mesa y fantaseo con apagarlo. Tomar una maleta, subirme a un avión y llegar a un lugar donde nadie sepa quién soy. Dormir con alguien que no conozca mi historia y despertarme sin tener que explicar nada. Después, me siento culpable. Pienso en mi casa, en mi marido, en todo lo que hemos construido y me pregunto qué clase de mujer piensa estas cosas. ¿Estoy siendo una desagradecida?
RESPUESTA
La fantasía de ser desconocida tiene algo poderoso: nadie te pide que seas buena esposa, responsable, eficiente, sensata ni fuerte. No tengas miedo de esa fantasía, pero tampoco la confundas con una decisión. Quizá lo que necesitas no es destruir tu vida, sino recuperar un pedacito de ella que llevas demasiado tiempo entregando a los demás. A veces, una maleta no es para irse. A veces, es para recordar que todavía puedes salir de casa.
PREGUNTA
Mi marido y yo todavía y yo todavía dormimos abrazados. Él me rodea la cintura, yo le acomodo la mano y así nos quedamos, como si todo estuviera bien. Pero hay días en que no nos damos un beso que no sea de trámite ni hablamos de algo que no cueste dinero . Anoche me pegó a su pecho y me puse a llorar bajito. Ni se enteró: ya estaba roncando. Lo quiero, todavía me gusta, pero extraño que me busque estando despierto, que me pregunte qué traigo, que un abrazo sea el comienzo de algo y no la señal de que ya se acabó el día. ¿Cómo le digo que, aun durmiendo tan juntitos , me estoy sintiendo sola?
RESPUESTA
Díselo así, como lo escribiste: “Me encanta que me abraces, pero extraño que platiquemos, que nos besemos sin prisa, que me busques mientras estamos despiertos”. Busca un rato en que puedan escucharse, porque entre ronquidos difícilmente se arregla algo. Y pregúntale cómo se siente él; propongan un momento para ustedes, sin teléfonos ni pendientes. Ese abrazo todavía te importa; por eso, duele lo que falta. No necesitas esperar a llorar en silencio para pedir más cercanía.




