PREGUNTA

Me pasa un problema frustrante: estoy súper firme durante los besos y las caricias, pero en cuanto abro la envoltura del condón y me lo pongo, se me baja por completo la erección. Mi novia piensa que ya no me gusta. ¿Por qué el condón me mata la firmeza? Aldo C.

RESPUESTA

Tu cuerpo está reaccionando a un bloqueo mental muy específico, no a un problema de salud física. A esto se le conoce como deserección por ansiedad de ejecución: en el segundo exacto en que detienes la acción para abrir el empaque, tu cerebro cambia de canal; dejas de sentir placer y te pones a pensar: “Ojalá no se me baje”. Esa sola duda dispara adrenalina, y la adrenalina es el enemigo número uno de la firmeza. A veces, también influye el tamaño: si el condón te aprieta demasiado en la base, aprieta las arterias y corta el empuje de sangre o si te queda flojo, se mueve tanto que te quita la sensibilidad. Para romper este círculo vicioso, practica ponértelo tú solo, mientras te masturbas en privado para que tu mente deje de asociar el plástico con un momento de tensión. Durante la intimidad, dile a tu pareja que ella te lo ponga como parte del juego erótico usando un poco de lubricante por dentro para que se deslice pronto; así no cortas la excitación e inspiración sexual y la mente se queda concentrada en el placer que tendrán ambos.

PREGUNTA

Estoy angustiada. El otro día encontré a mi hija masturbándose. Quedé en shock pues apenas tiene seis años. Me contó que sentía rico y no dijo más, tampoco quise saber más. ¿Qué hago? Lorena F.

RESPUESTA

Lore, calma, que una niña de seis años se toque y “sienta rico” es una conducta totalmente normal dentro del desarrollo infantil. A esa edad, los niños descubren que su cuerpo tiene zonas sensibles que dan cosquillas o placer, exactamente igual que cuando descubren que rascarse la espalda se siente bien. No hay malicia, morbo ni intención sexual en su cabeza; es pura curiosidad biológica. El error más común es regañarlos, asustarlos o hacerles sentir que su cuerpo es sucio, porque eso genera culpa para toda la vida. Tampoco hay que ignorarlo. La clave está en poner límites de privacidad de forma tranquila. Dile con cariño, sin drama y en calma: “Mi amor, es normal que tocarte se sienta rico porque tu cuerpo es tuyo, pero eso es algo privado que solo se hace a solas en tu cuarto o en el baño, nunca enfrente de los demás”. Así, le enseñas autonomía, autocuidado y límites sociales sin traumarla ni satanizar el placer.

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