Tras el fallecimiento de su madre, Adriana y Miguel heredaron un departamento ubicado en Iztacalco. El problema surgió cuando Miguel decidió vivir ahí, mientras Adriana opinaba que era mejor venderlo para repartir el dinero equitativamente. Las conversaciones pasaron a peleas, así que iniciaron de manera formal el juicio sucesorio, tras años de mucho conflictos, audiencias y complicaciones, ambos hermanos se dieron la oportunidad de buscar la mediación.
Juntos fueron al Centro de Justicia Alternativa del Poder Judicial de la Ciudad de México, ubicado en la colonia Doctores; durante las sesiones ambos expusieron sus motivos. Miguel explicó que atravesaba una situación económica complicada y que mudarse al departamento le permitiría estabilizarse. Adriana, en cambio, temía que el paso del tiempo complicara una futura división del patrimonio.
En el proceso analizaron nuevas alternativas e información como el valor comercial del inmueble, gastos de mantenimiento y posibilidades de pago, así que exploraron opciones más flexibles.
Después de cinco sesiones alcanzaron un acuerdo: Miguel conservaría el departamento y pagaría a su hermana el equivalente a la mitad del valor del inmueble, en un esquema de pagos programados. En el convenio establecieron los acuerdos respecto de las restantes etapas del juicio, con la finalidad de poder concluir algo que llevaba años en tan solo unos cuantos meses.
La firma del acuerdo se realizó gracias a la voluntad de ambas personas para escucharse y con la empatía adecuada para entender la situación de cada uno. Esto demostró que, incluso en disputas familiares marcadas por la herencia y el patrimonio, el diálogo abre caminos que la confrontación suele cerrar.





