Al llegó un caso que cargaba dolor: la reciente muerte de una madre había dejado a dos niños en medio del duelo y la incertidumbre. Su padre, Andrés, y la abuela materna, Rosa, buscaban definir quién asumiría la custodia. No había enemistad entre ellos, pero sí un profundo sufrimiento que complicaba el diálogo.

Desde la primera sesión, expresó su preocupación: había cuidado de los niños durante la enfermedad de su hija y temía que un cambio repentino afectara su estabilidad emocional. Andrés, abatido por la pérdida, reconocía que su trabajo le impedía dedicarles todo el tiempo que necesitaban, aunque no quería que pareciera que estaba renunciando a ellos.

La labor de la persona mediadora fue abrir un espacio seguro donde pudieran expresar miedos, capacidades y límites sin sentirse juzgados. Con el paso de las sesiones, ambos coincidieron en que lo más importante era dar a los niños un entorno estable y cercano al amor que habían perdido.

Con diálogo y empatía, llegaron a un acuerdo: la guarda y custodia sería otorgada a la abuela materna, mientras que Andrés tendría convivencias amplias y una participación activa en todas las decisiones relevantes. También establecieron una pensión alimenticia para asegurar los cuidados de los menores, así como un calendario flexible que mantuviera presente la figura paterna.

El día de la firma del convenio, Andrés y Rosa se dieron la mano, conscientes de que el pacto no era una renuncia, sino un acto de protección y continuidad familiar en donde lograron convertir el dolor en un acuerdo pensado desde el amor y la responsabilidad compartida.

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